RESUMEN

Papa 'bueno' y Papa 'malo', juntos a los altares.

Un secuestro por la fe.

El cardenal que no quiso ver a Franco.

Roncalli aborrecía la palabra 'cruzada'.

Del anatema al diálogo.

El Papa ensalza las virtudes de Pío IX y afirma que fue calumniado.

Juan Pablo II defiende al polémico Pío IX como "ejemplo a seguir" en su beatificación.

El milagro de la rodilla.

El niño judío raptado por el Papa fue fraile en el País Vasco.

DOMINGO, 3 DE SEPTIEMBRE DEL 2000

Papa 'bueno' y Papa 'malo', juntos a los altares

El Vaticano suscita una nueva polémica al beatificar hoy simultáneamente a Juan XXIII y Pío IX


Juan Pablo II eleva hoy a los altares a dos papas que representan ante la opinión pública la cara y la cruz de la Iglesia católica. Pío IX y Juan XXIII. El último papa-rey, que condenó con dureza cualquier asomo de modernidad, y el "papa bueno", que quiso adaptar la vieja institución al siglo XX. El pontífice antiliberal, que reinó como monarca absoluto durante 32 años (el suyo fue el pontificado más largo de la historia) y que estableció el dogma de la infalibilidad del papa en el Concilio Vaticano I, y el aperturista, el más anciano de los que han ocupado el trono de Pedro, elegido a los 77 años de edad, y desaparecido antes de cumplir su quinto año de pontificado y de inaugurar el Concilio Vaticano II.


LOLA GALÁN , Venecia

Unos operarios colocaban ayer en el
Vaticano un tapiz de Pío IX (AP).
Mientras Italia celebra con programas de televisión, libros y artículos hagiográficos la figura de Angelo Giuseppe Roncalli (1958-1963), la beatificación de Giovanni Maria Mastai Ferretti (1846-1878) ha desatado críticas tanto en el mundo católico como en sectores judíos. El gran pecado político de Pío IX, su encarnizada lucha contra la unificación de Italia, parece, sin embargo, una cuestión olvidada.

La causa de beatificación de Pío IX, promovida por su sucesor Pío X, ha dormido el sueño de los justos en los archivos de la Congregación para la Causa de los Santos durante 93 años. En todo ese tiempo, ocho papas diferentes han examinado y han vuelto a dejar en su sitio los documentos de la causa.

Pese a la solidaridad natural entre padres de la Iglesia, ninguno de sus sucesores parecía dispuesto a elevar a los altares al pontífice que luchó hasta el final contra la unificación de Italia, excomulgó al rey Vittorio Emanuele II y pidió a los romanos que no respaldaran con su voto la nueva realidad nacional. Pero, sobre todo, el papa del Syllabus, un índice de errores anexo a la encíclica Quanta Cura de 1864, en el que condena sin reservas todas las doctrinas religiosas o filosóficas ajenas a la propia. Desde el racionalismo (incluso el moderado) hasta el panteísmo o el naturalismo, pasando, obviamente, por el comunismo, socialismo, y hasta las sociedades secretas y las clérico-liberales.

Sólo Juan Pablo II se ha sentido capaz de llevar adelante una beatificación que, todavía hoy, despierta tanta hostilidad. El papa polaco ha aprovechado una oportunidad de oro, la que le ofrecía la doble beatificación de Juan XXIII y Pío XII. La idea inicial fue de Pablo VI, que quería contentar a distintos sectores de la Curia romana. A los que admiraban a Eugenio Pacelli, por su firmeza anti-comunista, y a los defensores de Juan XXIII, el papa reformista que inició el "deshielo" con la URSS.

Sin embargo, la causa de Eugenio Pacelli ha tropezado con demasiados obstáculos. Su Pontificado, que coincidió con la II Guerra Mundial, es uno de los más discutidos de la historia de la Iglesia, no tanto porque el Papa no llegara a condenar el Holocausto, sino por su obstinación en preservar por encima de todo los lazos con Alemania, lo que le impidió condenar claramente la invasión de Polonia.

Juan Pablo II ha comprendido que el año del Jubileo, el del mea culpa de la Iglesia, no podía ser el año de la beatificación de Pío XII. Pero ha tenido la audacia suficiente como para llenar el hueco que deja Pacelli con otra figura polémica que en solitario no hubiera podido abrirse paso hasta los altares: Pío IX, criticado por anti-semita y reaccionario, pero cuya imagen autoritaria resulta más digerible que la de Pío XII.

La historia de Giovanni Maria Mastai Ferretti, nacido en 1792, descendiente de una familia noble de Senigallia (Ancona), en la costa noreste del país, está plagada de contradicciones. Elegido papa a los 54 años de edad, como una alternativa reformista a su reaccionario antecesor, Gregorio XVI, en los dos primeros años de pontificado pareció ajustarse a la imagen prevista. Una de sus primeras decisiones fue abrir las puertas del gueto judío que existía en Roma desde el siglo XVI. Pero la implantación de la república romana en 1848 marcó un giro brutal a su política.

El Papa, que se refugió en el Reino de las Dos Sicilias, no olvidó el episodio. A su regreso a Roma decidió que era necesario un rearme moral. En 1854 promulga el dogma de la Inmaculada Concepción y, diez años después, la encíclica Quanta Cura con el mortífero Syllabus. En 1870, Pío IX convocó el Concilio Vaticano I, que estableció el dogma de la infalibilidad del Papa, una rémora para los actuales deseos ecuménicos de la Iglesia.

El tiempo ha ido limando muchas asperezas, pero todavía hoy, mientras la intelectualidad italiana se repliega con un gesto de disgusto ante el solo nombre de Pío IX, la llamada "aristocracia negra", los Ruspoli, los Borghese, los Torlonia, los Massimo dedicarán hoy un homenaje al Pontífice en la iglesia romana de San Lorenzo in Lucina.

Las autoridades vaticanas han subrayado que el propio Juan XXIII declaró ya su intención de hacer beato a Giovanni Maria Mastai. Que en 1962, un año antes de morir, Roncalli hizo público su aprecio rotundo por Pío IX. Quizá llevado por la solidaridad que une a todos los pontífices, en la confianza de servir a una institución sagrada, el "Papa bueno", dicen, admiraba profundamente a su antecesor. Más allá de las muestras de cerrazón ideológica y espiritual, Juan XXIII reconocía en Pío IX la fuerza de un papa decidido a salvaguardar por encima de todo el patrimonio material, cultural y espiritual de la Iglesia.

El economista Ernesto Rossi sostiene, de otra manera, la misma tesis vaticana en su libro El Syllabus y después, escrito hace 35 años y ahora reeditado. Es decir, la de que existe una coherencia ideológica profunda que liga a todos los pontífices. En el libro, Rossi se limita a recoger los anatemas, excomuniones y profecías hechos por los ocho pontífices que reinaron en el Vaticano entre 1865 y 1965 (el año en que publicó el libro), con especial hincapié en el Syllabus de Pío IX, y demuestra que este último está lejos de ser una excepción. "La Iglesia católica es por su propia naturaleza intolerante, teocrática y totalitaria", escribía Rossi, que incluye en su libro también a Juan XXIII.

Angelo Roncalli, nacido en Bergamo, en el norte de Italia, de familia campesina, encarna el mejor lado de la Iglesia, y a él ha encomendado Juan Pablo la tarea póstuma de dar cobijo a su controvertido antecesor Giovanni Maria Mastai. Roncalli, como Pío IX, convocó un concilio, el Vaticano II, pero de signo completamente distinto al Vaticano I; inició el "deshielo" con la Unión Soviética y, en su encíclica Pacem in Terris, de 1963, los estudiosos del catolicismo ven el nacimiento de la moderna doctrina social de la Iglesia.

La beatificación de Juan XXIII ha sido celebrada por la intelectualidad laica italiana con un fervor nunca visto. Y sobre su papado se han derramado toneladas de elogios. La personalidad del Papa emerge purificada de cualquier vestigio de debilidad humana, su aparente afición al tabaco y a la gastronomía. Un beato debe ser un ejemplo de una pieza. Y más si, como en este caso, está obligado a compensar el déficit de afecto que despierta su compañero de beatificación, el discutido Pío IX.

Un secuestro por la fe

Uno de los episodios que más han dado que hablar de Pío IX es el llamado caso Mortara.

Mientras uno es considerado santo. . ..
La historia del pequeño Edgardo Mortara, nacido en el seno de una familia judía de Bolonia, que fue secuestrado por orden papal y educado a la fuerza en el cristianismo. El niño había estado muy enfermo y una de las sirvientas católicas de la familia lo había bautizado a escondidas. Cuando lo intentó con otro hermano de Edgardo, la familia lo descubrió y se lo impidió. Pero el suceso había trascendido, hasta el punto de que en 1858 el Papa ordenó que el niño fuera trasladado a Roma y educado en la fe cristiana. Bolonia formaba parte de los Estado Pontificios y Pío IX era la máxima autoridad política y religiosa.


. . . el otro es caricaturizado como un tirano.
El caso levantó una gran polvareda internacional, pero el pontífice no se dejó persuadir por la presión de la opinión pública. Defendió hasta el final el deber de la Iglesia de educar cristianamente al pequeño Mortara, quien, al final, renegó del judaísmo, de su propia familia y se hizo sacerdote. Ni siquiera en los ambientes cristianos fue unánime la defensa de la actitud del Papa. "Para los judíos de todo el mundo, el caso Mortara se convirtió en un símbolo, en el emblema de la intolerancia que la Iglesia había mostrado a lo largo de los siglos", explica el historiador David I. Kertzer, autor de un libro sobre el rapto del pequeño Mortara que ha tenido gran difusión en Estados Unidos.

El historiador cree, no obstante, que sería erróneo juzgar al Papa por ese único caso. "El problema es que Pío IX reforzó al final las leyes discriminatorias contra los judíos en Italia", afirma.

El cardenal que no quiso
ver a Franco

"Alejado peligro Roncalli", telegrafió a Madrid el embajador ante la Santa Sede horas antes de la elección del cardenal como papa Juan XXIII

JUAN G. BEDOYA, Madrid
Juan XXIII durante la grabación de un discurso
para la radio y televisión, en 1962 (AP).
El anticlericalismo de derechas que durante décadas apaleó y encarceló a curas, censuró a papas y obispos, y llenó de pintadas los muros de España contra el cardenal Vicente Enrique y Tarancón -"al paredón", rezaban-, nació el 28 de octubre de 1958 tras la fumata blanca del cónclave de los 51 cardenales que entonces tenía la Iglesia católica. El día 9 de aquel mes había muerto Pío XII, el papa que hizo protocanónigo al general Francisco Franco e inundó de bendiciones a la dictadura nacionalcatólica -"catolicismo y patria son consustanciales", rezaba la tesis oficial-, y 19 días después, en la tarde del 28 de octubre, accedió al pontificado un anciano cardenal que había dado sobradas muestras de animadversión hacia todo tipo de dictaduras y fascismos, con desplantes ostentosos hacia el régimen franquista. Era Angelo Giuseppe Roncalli y se hizo llamar Juan XXIII.

"Alejado peligro Roncallí", había telegrafiado al Gobierno de Franco el embajador de España ante la Santa Sede, Francisco Gómez de Llano, la mañana de aquel 28 de octubre. Los cardenales acababan de votar por décima vez y parecía ya, según las atrevidas fuentes de la embajada, que los partidarios de Roncalli no lograrían reunir los votos necesarios para hacerlo papa (los dos tercios), con lo que en los siguientes intentos, quizá aquella misma tarde, el cardenal armenio Agagianian lograra alzarse a la silla pontificia. Era un prelado no italiano, de forma que el avisado informador creía espantar con esa apuesta los temores de los jerarcas del régimen nacionalcatólico que, en Madrid, fracasados sus tenaces empeños por hacer cardenal al caudillo, querían ver satisfecho, al menos, otro de los anhelos del que, al fin y al cabo, se consideraba fundador del Estado católico por excelencia y reserva espiritual de Europa: que al menos hubiera en Roma un papa a su medida.

"Ironías inocentísimas"

Resultaba notorio, según los informes de la dictadura, que Roncalli era un "enemigo del régimen" y, para colmo, declarado "compañero de viaje de los marxistas", pues, como cardenal de Venecia, había osado enviar un mensaje de salutación a los socialistas italianos reunidos en congreso en la ciudad de los canales. Pero el régimen nacionalcatólico detestaba del cardenal, sobre todo, su etapa como nuncio en París, enviado apresuradamente a esa misión por Pío XII porque el general De Gaulle, presidente de la República, se proponía escarmentar severamente a la Iglesia católica en 1944, tras la liberación de Francia y antes de la derrota definitiva de Hitler, por haber apoyado sin tapujos, la inmensa mayoría de sus obispos, al régimen filonazi del mariscal Pétain.

Roncalli, además de capear con eficacia el temporal gaullista, había ayudado en esos años (1944-1952) a exiliados de toda ideología y condición, y alzado la voz en defensa de los derechos humanos que la dictadura negaba al pueblo español. E incluso se permitió el lujo de venir varias veces a España -tenía antepasados en el valle navarro del Roncal, como indica su apellido-, sin aceptar verse con Franco. Una afrenta si se recuerda que el general tenía poder para nombrar obispos y estaba acostumbrado a que los prelados le rindieran pleitesía cuando a él le venía en gana -el arzobispo José María Cirarda contó esta primavera pasada a una emisora católica que Franco hizo volver del Concilio Vaticano II a algún obispo para adoctrinarlo-. Pero sí se vio con personas de dudosa fidelidad al régimen, con las que hizo "ironías inocentísimas sobre la situación política española", según relató el cardenal Tarancón en 1981.

Lo cierto es que el historial de Roncalli aquel 28 de octubre de 1958 no podía ser más amenazador para un régimen que odiaba las libertades y que encarcelaba a quienes vivían en el error, según sus principios confesionales. "A quien quisiera objetarme aquí que el error no tiene derecho a existir, bastará contestarle que el error es algo abstracto y, por dicha razón, no es objeto de derechos, pero el hombre sí", escribió Roncalli en defensa de la libertad de conciencia.

El futuro papa también había proclamado que prefería "la medicina de la misericordia más que la de la severidad", lo que dejaba en muy mal lugar el terrible discurso del arzobispo Isidro Gomá en el Congreso Eucarístico de Budapest. "Ninguna pacificación es posible en España, si no es la pacificación por las armas", había dicho Gomá, el primado de España que bendijo el golpe militar de 1936 como Cruzada cristiana . Pasará a la historia como el cardenal de la guerra en contraposición al cardenal catalán Vidal i Barraquer, que desde el exilio acudió a Roncalli en busca de apoyo para que Roma impulsara una negociación de tregua en la guerra civil por "exigencias morales, evangélicas o simplemente humanitarias".

Así que a Madrid, aquel otoño de 1958, le quedaba rezar. No era la primera vez, ni sería la última, que en la reserva espiritual de Occidente s e oraba por la conversión de un papa: rezaron por León XIII cuando su encíclica Rerum novarum, por desviacionismo socialista, y volverían a orar cinco años más tarde cuando, muerto Juan XXIII, se avecinaba la elección de Giovanni Montini -"Tontini", se le insultaba en la prensa del régimen-, que elevó su voz varias veces contra los fusilamientos del dictador y que había apoyado la decisión de su predecesor de congelar sine die las innumerables beatificaciones de mártires de la cruzada propuestas por el episcopado, que el propio Pío XII, con gran disgusto de Franco, no había querido precipitar. Roncalli y Montini, dos "peligrosos progresistas", según Madrid, también lo habían sido para el Santo Oficio, que les investigó, acusados de "modernistas" por el carabiniere della fede de turno. Como incluso Benedicto XI fue sometido a vigilancia por ese organismo inquisitivo, que ahora, con nombre nuevo, dirige el cardenal Joseph Ratzinger, resulta que tres papas de este siglo fueron sospechosos de desviaciones para la curia romana.

Así que el embajador Gómez de Llano avisó a Madrid sobre el "peligro Roncalli", aunque más tarde les tranquilizó porque se alejaba la amenaza. Tres horas después, en la tarde de aquel 28 de octubre, Roncalli era elegido papa e iniciaba una revolución eclesiástica.

Roncalli aborrecía la palabra 'cruzada'

"¡No pronuncie nunca esta palabra ante mí! Vengo de Constantinopla y sé bien cómo el recuerdo de las cruzadas basta para dividir a los cristianos". Esta severa advertencia de Juan XXIII al famoso padre Lombardi, un jesuita que recorría Europa en los años cincuenta ofreciendo charlas en loor de multitudes, llegó a oídos del general Franco apenas pronunciada, porque Lombardi era un admirador del nacionalcatolicismo español.

Franco conocía que el cardenal Roncalli se refería a la guerra española de 1936 como "guerra civil" o "guerra fratricida", y nunca como "cruzada", pero le molestó sobremanera el contexto en que se produjo el altercado con Lombardi.

El jesuita estaba en Venecia de mítines religiosos y fue invitado a cenar por el cardenal, que escuchó resignado la apocalíptica visión del jesuita sobre los peligros del socialismo y del mundo moderno. "Se resbala hacia lo peor", execraba Lombardi. Hasta que el cardenal, un hombre de mundo y gran amigo de los pensadores franceses Maritain, Bernanos y Gabriel Marcel, fervientes antifranquistas, le replicó que tampoco era para tanto. Lombardi se levantó, dio varios puñetazos sobre la mesa y gritó: "¡Las almas van al infierno y el Patriarca nos dice que las cosas van bien". Y abandonó el comedor con la amenaza de marcharse esa misma tarde de Venecia. Roncalli le siguió humildemente para convencerle de que no suspendiera su última conferencia.

Meses después, Roncalli era elegido papa con el nombre de Juan XXIII. Durante el cónclave, Giulio Andreotti acudió a cenar a la Embajada de España en Roma y, como llegara el juego de los pronósticos, dejó sobre la mesa el nombre de Roncalli. "Hice un papelón", escribió más tarde Andreotti recordando el sofoco del embajador al oír sus cándidas preferencias.

Del anatema al diálogo

JUAN-JOSÉ TAMAYO

Resulta difícil entender la beatificación del papa Pío IX. Y más difícil todavía que se produzca junto a la de Juan XXIII, cuando se trata de dos personalidades religiosas poco conciliables, que tuvieron actuaciones eclesiásticas en buena medida contrapuestas.

Entre los rasgos que mejor identifican a Pío IX cabe destacar su actitud antiliberal y su estrategia restauracionista, que llevó a cabo durante su largo pontificado (¡32 años!) a través de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, la publicación del Syllabus y la definición del dogma de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I. Esto contrasta con la actitud tolerante y la estrategia reformadora de Juan XXIII puestas de manifiesto, entre otros hechos, con la convocatoria del Concilio Vaticano II y la encíclica Pacem in terris.

Pío IX recopila en el Syllabus los "errores modernos" que él mismo había condenado en multitud de ocasiones. En el terreno filosófico anatematiza el naturalismo, el racionalismo -tanto el "absoluto" como el "moderado"-. En el ámbito de los derechos humanos, considera la libertad religiosa, así como las libertades de culto, opinión y pensamiento, como libertades de perdición. En el aspecto religioso condena el protestantismo, el conciliarismo, las sociedades clérico-liberales y las sociedades bíblicas, que coloca al lado de las sociedades secretas. En las cuestiones políticas se opone al liberalismo, la separación Iglesia-Estado, la voluntad popular y la escuela laica. Sobre los modelos económicos, descalifica el comunismo y el socialismo. El Syllabus declara finalmente que el pontífice no puede ni debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna.

Cien años después, Juan XXIII publica la encíclica Pacem in terris y defiende las libertades y los derechos sociales, económicos y políticos de todos los seres humanos y, muy especialmente, la promoción de la mujer, dentro del espíritu de la declaración de los derechos humanos de la ONU. Por las mismas fechas, el Concilio Vaticano II pasaba del anatema contra la modernidad al diálogo, y de la condena de la secularización a su acogida positiva. Asimismo, se abría el camino hacia la Iglesia de los pobres.

Con Pío IX, la exaltación del poder papal, que se torna absoluto en el orden temporal y en el religioso, logró sus máximos históricos. La exaltación llega a su cenit con la definición del dogma de la infalibilidad en el Vaticano I, que tuvo en contra a numerosos padres conciliares. "Las definiciones del Romano Pontífice", declaraba el concilio, "son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia".

Juan XXIII inicia un modelo de Iglesia colegial, e incluso democrático, que tiene su ratificación doctrinal en los documentos del Vaticano II, que marca el final de la cristiandad triunfante, del poder temporal de la Iglesia, del autoritarismo papal y de las alianzas entre el trono y el altar, y el comienzo de un nuevo paradigma: el de la Iglesia pueblo de Dios y comunidad de creyentes al servicio del mundo. ¡Además, no define ningún dogma!

En el terreno interreligioso, Pío IX difícilmente puede ser presentado como modelo de comportamiento ecuménico. Ordenó la reconstrucción de los muros del gueto judío en Roma y los judíos recibieron todo tipo de presiones para que abrazaran la fe católica. Peor aún: se arrebataron niños judíos a sus padres para bautizarlos en secreto. Por actuaciones como éstas ha pedido perdón a la humanidad Juan Pablo II este año. ¿Cómo puede beatificarse, unos meses después, a un antisemita de palabra y obra como Pío IX?

Tras la beatificación del primer papa infalible de la historia cabe recordar las palabras del P. Gioachino Ventura en el Panegírico de Daniel O'Connel pronunciadas en Roma en 1947: "Si la Iglesia no camina al ritmo de los pueblos, no por eso dejarán de caminar los pueblos; seguirán avanzando sin la Iglesia, fuera de la Iglesia o contra la Iglesia. Yo preferiría que lo hicieran con la Iglesia. Pero con gestos como la beatificación de Pío IX, no lo veo fácil".

DOMINGO, 3 DE SEPTIEMBRE DEL 2000

El Papa ensalza las virtudes de
Pío IX y afirma que fue calumniado

La beatificación de Pío IX ha originado una fuerte controversia entre los historiadores, que lo acusan de antisemita, contrario a la unidad de Italia y retrógrado

AGENCIAS

CIUDAD DEL VATICANO.- Juan Pablo II ha afirmado, ante más de 100.000 personas y tras beatificar al polémico y «calumniado» Pío IX, a Juan XXIII y a otros tres sacerdotes, que la Iglesia, elevándolos a los altares, no celebra «los particulares hechos históricos» realizados por ellos, sino que reconoce su santidad y sus virtudes. Juan XXIII y Pío IX reinaron con un siglo de distancia y, con ellos, ya son 86 los papas a los que la Iglesia ha concedido la beatificación de un total 264.

De esta manera y sin referirse directamente al último Papa-Rey, Juan Pablo II ha salido al paso de las fuertes críticas que ha levantado, incluso en el seno de la Iglesia, la beatificación de Pío IX, acusado de ser antisemita, totalitario, retrógrado y contrario a la unidad de Italia.

Una «época tormentosa»

Juan Pablo II ha declarado que Pío IX vivió una época tormentosa -la caída del Estado Pontificio y la unidad de Italia-, pero que en esos momentos turbulentos «fue ejemplo de incondicional adhesión a la Verdad revelada, fiel a sus compromisos y siempre puso por delante el primado absoluto de Dios».

«Su larguísimo pontificado no fue fácil y sufrió mucho. Fue amado, pero también odiado y calumniado», ha subrayado Juan Pablo II, que ha agregado que, sin embargo, fue en medio de esos contrastes «donde brillaron sus virtudes». El Sumo Pontífice ha señalado que esas «prolongadas tribulaciones» fueron las que fortalecieron su confianza en la Providencia.

Además, ha considerado que fue una persona muy serena, que convocó el Concilio Vaticano I para clarificar «con magistral autoridad algunas cuestiones -Pío IX aprobó el dogma de la infalibilidad del Papa- confirmando la armonía entre la razón y la fe». En esta defensa de la controvertida figura de Pío IX, ha explicado que era muy devoto de la Virgen María y ha recordado que proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción.

De Juan XXIII, ha resaltado que la imagen que tiene todo el mundo del «Papa Bueno» es la de una cara sonriente y dos brazos abiertos en un abrazo al mundo entero. «El viento de novedades traído por él no fue sólo de doctrina, sino el modo de exponerla. Nuevo fue el estilo de hablar y de actuar. Fue con este espíritu con el que convocó el Concilio Vaticano II», ha subrayado el anciano Pontífice.

«Designios divinos»

Ante la polémica causada por haber sido beatificados el mismo día dos papas tan diferentes, Juan Pablo II ha respondido indirectamente al afirmar que han sido los «designios divinos» los que han querido que la elevación a la gloria de los altares «uniese a dos pontífices que vivieron en contextos históricos muy diferentes, pero que estuvieron ligados, mucho más de las apariencias, por no pocas semejanzas en el plano humano y espiritual».

La ceremonia la han presidido cinco grandes retratos de los nuevos beatos, colgados en los balcones de la fachada principal de la basílica vaticana y, tras la ceremonia, 48 sacerdotes entre cardenales, obispos y sacerdotes han concelebrado la santa misa en nueve idiomas, entre ellos el español.

LUNES, 4 DE SEPTIEMBRE DEL 2000

Juan Pablo II defiende al polémico Pío IX como "ejemplo a seguir" en su beatificación

El Papa atribuye a la "voluntad de Dios" su ascenso a los altares junto a admirado Juan XXIII

LOLA GALÁN, Roma
Pío IX y Juan XXIII, dos papas antagónicos, pasaron ayer a engrosar la lista de beatos de la Iglesia católica, particularmente ampliada por el actual pontífice, que ha creado 990. Juan Pablo II justificó su polémica decisión de elevar a los altares al último Papa rey (1846-1878), aludiendo a la voluntad de Dios y defendiendo su figura como un "ejemplo a seguir". "Los designios divinos han querido que la beatificación junte a dos papas que vivieron en contextos históricos muy diversos, pero que están ligados, más allá de las apariencias, por no pocas semejanzas humanas y espirituales", dijo.


Juan Pablo II bendice a los 100.000 fieles que
acudieron a la ceremonia de beatificación
de ayer en la plaza vaticana de San Pedro (AP).
La beatificación de Pío IX, que combatió con las armas la unificación de Italia, ha sido vista con frialdad por el Gobierno italiano, que se limitó a enviar a la ceremonia al ministro de Defensa, Sergio Mattarella. Por razones de fe personal acudieron también el gobernador del Banco de Italia, Antonio Fazio, y el presidente de la región del Lazio, Francesco Storace.

Las palabras con las que Juan Pablo II recordó a su antecesor Pío IX nada más proclamarlo beato, son la respuesta del Vaticano a todos los que han criticado con dureza esta decisión. Después de recalcar que la Iglesia no celebra a sus beatos por "los hechos históricos por ellos cumplidos", sino "por sus virtudes heroicas y evangélicas", el Papa pasó a enumerar las cualidades de Giovanni Maria Mastai Ferretti, resumidas todas en una sola frase: "Fue ejemplo de incondicional adhesión al legado inmutable de la Verdad revelada".

Su oposición a las ideas liberales, su Syllabus, un documento modelo de intolerancia, donde se recogen en más de 80 proposiciones todos los supuestos errores ideológicos del momento, desde el comunismo y el socialismo al panteísmo, pasando por las sociedades secretas y las clérico-liberales, no ha sido contrapeso negativo suficiente frente a su "fidelidad a los compromisos de su ministerio" y a la determinación con la que "supo dar siempre prioridad a Dios y a los valores espirituales". Es más, para Karol Wojtyla, permanece como uno de los logros de Pío IX la convocatoria del Concilio Vaticano I en que quedó fijado el dogma de la infalibilidad del Papa.

Es fácil suponer que la mayor parte de los peregrinos que llenaba ayer la Plaza de San Pedro festejaba la beatificación de Juan XXIII, un papa más cercano en el tiempo y con una imagen sin fisuras, habida cuenta de que su Pontificado fue breve (1958-1963) y no estuvo marcado por particulares traumas históricos. Pero, además, la ceremonia incluía la beatificación de otros tres religiosos que aportaron un importante contingente de seguidores: Tommaso Reggio, arzobispo de Génova hasta 1901 y, dicen, enemigo de Pío IX; el sacerdote francés Guillermo Chaminade, que vivió durante la Revolución Francesa, y el padre Columba Marmion, nacido en Dublín en 1858. De hecho, los mayores aplausos en la plaza fueron para Juan XXIII, cuando el cardenal Camillo Ruini leyó el resumen de la biografía de Angelo Giuseppe Roncalli, nacido en Sotto il Monte, una aldea cercana a Bergamo en el norte de Italia, en 1881, y fallecido en Roma en 1963.

En su intervención, Wojtyla reconoció que el largo pontificado de Pío IX, "no fue fácil y hubo de sufrir no poco en el cumplimiento de su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, aunque también odiado y calumniado". Pero su "serenidad" se mantuvo en medio de "la incomprensión y los ataques de tantas personas hostiles".

El gobernador de la Banca de Italia, Antonio Fazio, y el ex primer ministro italiano Giulio Andreotti, son dos de las poquísimas figuras de la vida política italiana que han alzado la voz en defensa de Giovanni Maria Mastai. "Hay que leer su doctrina con los ojos del pasado", ha declarado Fazio a una emisora de frailes capuchinos. Andreotti, por su parte, ha escrito un libro enteramente dedicado a lavar la memoria del discutido pontífice. Incluso un intelectual liberal de prestigio como el articulista Ernesto Galli della Loggia atacó hace unos días la posición sectaria, a su juicio, de la intelectualidad italiana que, sin embargo, ha recordado elogiosamente a un anti-liberal como Nietzche, de cuya muerte se cumple el centenario.

A lo largo de toda la ceremonia la Iglesia se mantuvo fiel al ritual tradicional sin mover una coma. En el momento en que Karol Wojtyla pronunció en latín las palabras de rigor por las que los cinco elegidos pasan a ser beatos, se descubrieron los retratos respectivos colocados sobre la fachada de la basílica de San Pedro y se vio que ocupaba un lugar preferente el de Pío IX. Según el responsable del ceremonial, el obispo Piero Marini, por razones de antigüedad.

Juan Pablo II pareció buscar apoyo en el Papa bueno, para justificar la beatificación de su polémico antecesor. "Es sabida la profunda veneración que Juan XXIII sentía por Pío IX, cuya beatificación auspiciaba", dijo Wojtyla. Durante un retiro espiritual, en 1959, escribió en su diario: "Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria, e imitándolo en sus sacrificios, querría ser digno de celebrar su canonización".

El milagro de la rodilla

La Congregación de la Causa de los Santos ha dado por probados, tras la obligada consulta médica, dos casos de curación inexplicable ligados a la intervención póstuma de Juan XXIII y Pío IX. Son los milagros que deben constar en la documentación previa a toda beatificación (siempre que no se trate de mártires de la fe).

En el caso de Angelo Giuseppe Roncalli, la consulta médica sancionó como "milagrosa" la curación de la religiosa Caterina Capitani, que padecía una grave enfermedad del estómago, con continuas hemorragias. Su invocación al Papa bueno resultó salvadora para esta religiosa, todavía viva.

El milagro realizado por Pío IX se remonta a 1910, aunque la consulta médica no lo dio por bueno hasta 1986. En este caso, la curación de la religiosa francesa Marie-Therese de Saint Paul se mantiene en un ámbito más modesto, ya que su dolencia se limitaba a una lesión en la rodilla derecha que la impedía cumplir con sus obligaciones.

Marie-Therese de Saint Paul, hija de un antiguo miembro de la Guardia Suiza de Pío IX, poseía una reliquia del pontífice, un pedazo de tela de una de sus sotanas, y a él se encomendó al comprobar que los médicos no eran capaces de curarle la rodilla, fracturada en una caída. En 1907, la religiosa hizo una novena ante la reliquia de Pío IX y, para su sorpresa, la rodilla mejoró, hasta el punto de permitirle permanecer de pie sin ninguna ayuda. En 1910 inició una segunda novena y al día siguiente se dio cuenta de que ya podía arrodillarse.

El niño judío raptado por el Papa fue fraile en el País Vasco

JUAN G. BEDOYA, Madrid
Edgardo Mortara, el niño judío de tres años raptado en 1858 por orden del papa Pío IX, ejerció de fraile en el País Vasco. Lo cuenta el escritor bilbaíno Miguel de Unamuno (1864-1936) en uno de los ensayos recogidos en el libro Contra esto y aquello (colección Austral, número 233). Unamuno oyó al padre Mortara "un sermón predicado en vascuence en Guernica", y también lo retrata recogiendo donativos en el balneario de Cestona para un seminario que su orden -la de canónigos regulares de san Agustín- estaba levantando en Oñate.

El niño Mortara nació en el seno de una familia judía de Bolonia. Fundándose en el argumento de que había sido bautizado, a hurtadillas, por un sirviente católico, fue apartado del control de los padres por el Santo Oficio vaticano, llevado a Roma, educado en la religión católica y ordenado sacerdote, más tarde, por Pío IX.

Este pontífice romano, beato desde ayer, fue aristócrata y soldado antes de que la epilepsia le forzase a abandonar el ejército. Destinado en América Latina durante el periodo anticolonial, llegó al papado con fama y acciones liberales, como la visita a las cárceles para liberar a los prisioneros políticos del Estado pontificio y, sobre todo, la excusa a los judíos de Roma de su asistencia obligatoria a los sermones. Pero poco después, a causa, sobre todo, de la pérdida de sus territorios a manos de los revolucionarios italianos, cambió de actitud. El rapto del niño Mortara, un gran escándalo en toda Europa, fue sólo un episodio de la ferocidad antiliberal de ese pontífice, que contó con el respaldo casi exclusivo de la infantería francesa aportada por Napoleón III a cambio de grandes favores papales. "Un prostíbulo bendecido por obispos; una coalición entre la sala de guardia y la sacristía", diría más tarde Charles Forbes, conde de Montalembert (1810-1870), el fogoso líder de los católicos liberales franceses.

"Genuino israelita"

Miguel de Unamuno inicia el retrato del fraile judío recordando lo mucho que su caso "dio que hablar cuando el papa Pío IX era todavía soberano de los Estados pontificios". "Tuvo grandísima resonancia en toda Europa", escribe. Después de relatar los pormenores del rapto papal y cómo, "rodando el tiempo", aquel niño famoso "fue a parar a mi tierra vasca convertido en padre Mortara", el autor de La agonía del cristianismo señala: "Era un genuino israelita y un israelita italiano, vivo y sagaz, ingenioso y emprendedor".

Unamuno se refiere a su facilidad para recaudar dinero en el balneario de Cestona para un nuevo seminario de la orden en Oñate, pero pondera también "otra aptitud" que tenía "el genuino israelita": la facilidad para aprender idiomas y cómo solía lanzarse a predicar para perfeccionarlos. "Era un verdadero políglota y en llegando a mi país se propuso hablar vascuence, y llegó a conseguirlo. Yo le oí un sermón predicado en vascuence, en Guernica, y os digo que se sufría oyendo a aquel hombre intrépido", concluye.