ESTUDIOS DE LAS ESCRITURAS

CONMEMORANDO DIGNAMENTE LA MUERTE DEL SEÑOR

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El 10 de Abril de 1996, asistí a la celebración que los Testigos de Jehová realizan sobre muerte de Cristo, y en dicha ocasión, tuve la oportunidad de analizar por última vez y con detenimiento el proceder, el simbolismo y el significado que los 'testigos de Jehová' dan a esta ceremonia, con el ánimo de ser fiel a mis convicciones, y de encontrar en tal proceder una correspondencia bíblica, en vista de las repetidas afirmaciones que los dirigentes de este grupo realizan, con respecto a lo que ellos denominan, como «el único acontecimiento que la Biblia manda celebrar a los cristianos». (Parafraseado de La Atalaya del 15 de marzo de 1994, pág. 4.)

Se realizó en una lujosa sala del Palacio de Congresos de Granada, y en ella se dieron cita cuatro congregaciones: unas 600 personas aproximadamente entre los propios miembros, y las personas invitadas por estos.

El estudio que veníamos haciendo mi esposa y yo desde finales de 1995 de los relatos bíblicos, nos habían llevado a observar de forma distinta y mucho más objetiva todo proceder que la Sociedad implantaba, y esta fue una ocasión propicia, donde pudimos observar cómo una celebración se reviste de un formalismo casi militar, para crear la impresión de que, con tal ceremonia, se está haciendo 'algo' mágico, reverente, y al mismo tiempo, sencillo.

Me pregunté: ¿Es esto lo que tenía pensado Jesucristo cuando dijo: «Sigan haciendo esto, cuantas veces la beban, en recuerdo mío»? (1Co 11:25) ¿Es esta la forma adecuada de recordar la muerte de nuestro Señor Jesucristo?

El Autor de éste artículo, dirigiendo la Conmemoración en 1983
Mientras estuve en sus filas, aprendí que hay una sola fiesta que los cristianos están obligados a guardar, y que ésta corresponde con la Pascua judía. La Pascua siempre se observaba el 14 de Nisán (Abib), el día de luna llena o cerca de ese día, pues en el calendario judío el primer día de cada mes (mes lunar) era el día de luna nueva, determinado por observación visual. Por consiguiente, el día que corresponde con el 14 de Nisán, es siempre, el utilizado por los Testigos para conmemorar la liberación que Cristo trajo a la humanidad.

También aprendí que tal celebración debe tener una periodicidad anual, pues las palabras de Jesús recogidas por Lucas y Pablo, referentes a su muerte, «Sigan haciendo esto en memoria de mí», (Lu. 22:19; 1Co 11:24, TNM) les permiten concluir que Jesús estableció tal celebración como un memorial, es decir, que sus seguidores deberían celebrar la Cena del Señor una vez al año, y no con más frecuencia. Argumentan que como la Pascua, se observaba en conmemoración de la liberación que trajo Jehová en 1513 a.C. sobre el pueblo de Israel, y se conmemoraba tan solo una vez al año, en consecuencia, dado que la Conmemoración también es un aniversario, sería lógico que se celebrara únicamente el 14 de Nisán.

Para salvarse en salud, ellos mismos sacan a relucir las palabras, en las que Pablo citó a Jesús cuando dijo concerniente a la copa: «Sigan haciendo esto, cuantas veces la beban, en memoria de mí», y añadió: «Porque cuantas veces coman este pan y beban esta copa, siguen proclamando la muerte del Señor, hasta que él llegue», (1Co 11:25, 26) y afirman que la expresión «cuantas veces», puede referirse a algo que se hace solo una vez al año, en especial cuando esta acción se repite durante muchos años. (Heb 9:25, 26)

En ésta última asistencia, pude percibir el carácter formalista que se ha ido imbuyendo año tras año a dicha celebración. Las formas de celebrarlo se han convertido en un verdadero ritual, en el que no solo se invita a las personas a escuchar una conferencia que recuerde el sacrificio maravilloso que nuestro Señor Jesucristo realizó en favor nuestro, -que por cierto, los Testigos llevan repitiendo año tras año desde 1985, pues los oradores tienen órdenes de utilizar el mismo bosquejo, sino por el ceremonial formalista en el que hacen participar a propios y extraños.

Esta, consiste en pasar en un plato, unas tortitas hechas de pan sin levadura, que van de mano en mano de cada asistente. Posteriormente se pasan unas copas de vino tinto con el mismo ritual. Los acomodadores se aseguran de que todos hayan tenido cerca estos emblemas, y que ninguno de los asistentes trate de tomar de ellos salvo que con antelación se conozca que es un habitual participante.

Si esto es así, que cuando el primer emblema, -el pan- ha sido pasado por el auditorio, todos los acomodadores se sientan en la primera fila, y el propio discursante lo coge y lo pasa por cada acomodador. Cuando esto finaliza, uno de los acomodadores vuelve a coger dicho emblema y se lo pasa al discursante. Y así con el vino. De esta manera, concluyen la ceremonia.

Es decir, la participación como espectadores implica para los testigos de Jehová el que los mencionados emblemas pasen de mano en mano de los asistentes, pues «el que unos a otros se pasen el pan y el vino les ayuda a tener mayor aprecio por las cosas sagradas que se han considerado esa noche. También permite que se sepa qué esperanza tienen los que asisten... sí celestial o terrenal». (Frases recogida de La Atalaya del 15 de febrero de 1985, pág. 20, en donde se considera inapropiado el que la persona que sirve los emblemas se pare al final de cada fila de asientos y hagan cierto ademán a los que están sentados en dicha fila para que el que desee participar lo indique por señas).

El pase de tales emblemas debe suceder después de la puesta de sol. Así pues, todas las reuniones por todo el mundo, tienen que tener en cuenta la hora de comienzo de dicha reunión para que los emblemas no comiencen a distribuirse hasta después de la puesta de sol de su zona, pues de otra manera se cometería un grave error.

Por supuesto, faltar a esta reunión por motivos de trabajo o personales se considera un pecado, pues demostraría la falta de aprecio a lo que tal conmemoración representa. Es por esto, que la asistencia siempre ha superado el 100 por 100, al número de testigos que informan actividad mensualmente. ¡Hasta algunos expulsados, y muchos inactivos acuden ese día al lugar de reunión, lo que demuestra el matiz sagrado que los testigos de Jehová han revestido esta ceremonia!

En La Atalaya del 15 de febrero de 1985, pág. 21, expresan con claridad sus sentimientos cuando afirman: «La Cena del Señor, es sin lugar a dudas, la celebración más importante del año para todos los cristianos verdaderos. No hay ningún otro acontecimiento como éste en lo que tiene que ver con importancia, propósito o procedimiento».

Y una peculiaridad singular de los testigos de Jehová es que no todos participan del pan y del vino. De los más de 12 millones de personas que asistieron en 1996, sólo un pequeño grupo, unos 8 mil, participaron comiendo y bebiendo de los emblemas. Con su acción mostraron que tienen la esperanza de subir al cielo y reinar con Cristo. Creen que han sido escogidos por el propio Dios para formar parte de un grupo de personas que 'son compradas' de entre la humanidad para vivir en los cielos, desde donde gobernaran al resto de los humanos. Para ello, han sido 'ungidos' por el espíritu de Dios, han 'nacido otra vez', y han sido engendrados por Dios como 'hijos' de él, y desde ese momento, son 'justos' a la vista de Dios. Afirman que sólo 144 mil personas tienen estos privilegios. Aunque aseveran que la Cena del Señor es una comida de comunión, tal como la que realizaba el pueblo de Israel, solo este pequeño grupo tienen el derecho de participar.

¿Cómo llegan a saber las personas que deben participar o simplemente ser respetuosos observadores? Aunque en diferentes ocasiones se han visto obligados a advertir sobre «evidencias externas» como trances, alucinaciones y demás que han ocurrido a algunos de sus miembros, la versión oficial es, que Dios, por medio de su espíritu santo, suministra pruebas a los 'escogidos' para este privilegio, y les da seguridad de que su esperanza es diferente al resto de la humanidad. Este 'testimonio' particular y privado, es la base de su derecho a participar de los emblemas como "herederos por cierto de Dios, pero coherederos con Cristo", lo que provoca mucha incertidumbre sobre la certeza de tal testimonio. Es usual (y ellos mismos lo reconocen) que muchos de ellos se cuestionen su posición y esperanza, o cuestionen la de los demás. (Por ejemplo: muchos testigos de Jehová, han cuestionado en su mente la realidad del «ungimiento» de los cinco componentes del Cuerpo Gobernante, que nacieron después de 1.935, pues esto rompe sus esquemas de que los 144.000 ya estaban completos para ese año).

¿Qué hay de verdad en todo esto? ¿Es cierto que Jesucristo, cuando instituyó esta Conmemoración, sólo pensaba en un grupo reducido de sus discípulos? ¿Es cierto que el 'comer y beber' de su cuerpo y su sangre está reservado a solo 144 mil personas que son 'ungidos' por el espíritu de Dios? ¿Existe apoyo bíblico para emplear un procedimiento que permita que haya personas que solo observen y personas que participen de los emblemas? ¿Hay evidencias bíblicas que muestren a los cristianos primitivos celebrando tal Cena solo una vez al año, y de la forma que la celebran los testigos de Jehová?

Comer y Beber ¿Quiénes?

Para respaldar la creencia de que sólo un grupo reducido de personas deben comer y beber en la ceremonia de la Cena del Señor, los Testigos de Jehová afirman que, Cristo convalidó esa noche dos pactos: Uno, que denominan «nuevo», celebrado entre Jehová Dios y el Israel espiritual, y otro, celebrado entre Jesús y sus discípulos, que al fin y al cabo, es este mismo Israel espiritual. (Vea este razonamiento en La Atalaya del 15 de marzo de 1991, pág. 20).

Uno de dichos pactos fue «puesto en vigor con la sangre derramada de Jesús», y el segundo «fue inaugurado para con los discípulos de Jesús cuando se les ungió con espíritu santo el día del Pentecostés de 33 d.C.», según palabras literales de ellos mismos.

Partiendo de este argumento razonan que, únicamente los que están incluidos en ese «nuevo pacto» y el «pacto para un reino», están autorizados para comer y beber de su cuerpo y su sangre. (Esta doctrina se desarrolla en casi todas sus publicaciones. Como muestra, vea La Atalaya del 15 de febrero de 1985, pág. 12-13).

Entresacar estos argumentos de Jer. 31:31-33 y Lc. 22:28-30, hilvanándolos con pasajes de Revelación, capítulos 7 y 14, para llegar a afirmar que sólo un grupo de 144 mil personas son las autorizadas para tomar del pan y el vino, no requiere un gran esfuerzo mental y artesanal. Solo un poco de astucia y sutileza premeditada.

En primer lugar, no hay relatos bíblicos que indiquen que el 'nuevo pacto' de Jer 31:31-33, tenga como destinatarios a un grupo de personas compuesto de solo 144 mil individuos.

Si algo dejaba obsoleto e inservible al pacto que Jehová hizo con Israel (con todo Israel y no solo con la tribu de sacerdotes) fue el hecho de que éste pacto limitaba el acceso de todas las naciones a los privilegios de la salvación. Pablo enseñó: «Esto es excelente y acepto a vista de nuestro Salvador, Dios, cuya voluntad es que hombres de toda clase se salven y lleguen a un conocimiento exacto de la verdad». (1Ti 2:3, 4.)

Sí, «porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna». (Jn 3:16) «De él dan testimonio todos los profetas, que todo el que pone fe en él consigue perdón de pecados mediante su nombre». (Hch 10:43.) «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se dio a sí mismo como rescate correspondiente por todos». (1Ti 2:5.)

Sin necesidad de muchas explicaciones, podemos observar como los textos bíblicos establecen una nueva perspectiva para los seres humanos desde la llegada de Cristo. Su sangre limpia, perdona, compra, y da acceso al Padre a toda la humanidad, no solo a un grupo limitado. Nada hay en la Biblia que limite estos privilegios a algunos, nada hay en las palabras de Jesús que impidan a cualquier persona de cualquier lugar, para llegar a ser limpiado, perdonado y comprado.

El 'nuevo pacto' era la antítesis del 'viejo pacto'. Pablo fue bastante claro al dar las razones del nuevo, cuando dijo: «Porque si aquel primer pacto hubiera estado exento de falta, no se habría buscado lugar para uno segundo; porque él encuentra falta en el pueblo cuando dice: "'¡Mira! Vienen días --dice Jehová-- y celebraré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto; no según el pacto que hice con sus antepasados en [el] día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, porque no continuaron en mi pacto, de modo que dejé de interesarme en ellos', dice Jehová". "'Porque este es el pacto que pactaré con la casa de Israel después de aquellos días --dice Jehová--. Pondré mis leyes en su mente, y en sus corazones las escribiré. Y yo llegaré a ser su Dios, y ellos mismos llegarán a ser mi pueblo. "'Y de ningún modo enseñarán ellos cada uno a su conciudadano y cada uno a su hermano, diciendo: "¡Conoce a Jehová!". Porque todos ellos me conocerán, desde [el] menor hasta [el] mayor de ellos. Porque seré misericordioso en cuanto a sus hechos injustos, y de ningún modo recordaré más sus pecados.'" Al decir él "un nuevo [pacto]" ha hecho anticuado al anterior. Ahora bien, lo que se hace anticuado y envejece está próximo a desvanecerse». (Heb 8:7-13.)

Sí, la razón principal de éste pacto no llevaba el propósito de fragmentar a la humanidad en dos grupos tal como el viejo lo había hecho. (Efe 2:14-16.) Este pacto no estaba basado en una ley escrita que condena nuevamente a los seres humanos, sino en la bondad que Dios tiene con nosotros, dándonos a su Hijo para que "todo" el que tiene fe, tenga vida eterna y reciba perdón de sus pecados. Cristo media entre Dios y los hombres para que este perdón se lleve a cabo sin restricciones.

Justamente, Cristo dijo que la 'copa significaba la 'sangre del pacto', que iba ha de ser derramada para perdón de pecados', empero, no de un grupo limitado de personas sino de toda la humanidad.

Nada hay en estos relatos que nos induzca a pensar que cuando Pablo aplicaba esas palabras a los cristianos del primer siglo, pensaba en 144 mil personas solamente. Por lo contrario, todos los relatos nos llevan a concluir que Pablo pensaba en la humanidad en general por la que Cristo había muerto, y que gracias a este nuevo pacto, todos los seres humanos tenían acceso sin límite a la misericordia de Dios, y al perdón de sus pecados.

En segundo lugar, y en lo que tiene que ver con el supuesto «pacto para un reino» que Cristo efectuó con sus discípulos, la lectura del relato en cuestión, lleva a un razonamiento diferente a muchas personas. El relato dice: «Vosotros habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os voy a dar el reino como mi Padre me lo dio a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel». (Lc 22:28-30 Ediciones Paulinas).

Los testigos de Jehová, no contentos con la forma de traducir habitual, vierten los versículos en cuestión del siguiente modo:

«Sin embargo, ustedes son los que con constancia han continuado conmigo en mis pruebas; y yo hago un pacto con ustedes, así como mi Padre ha hecho un pacto conmigo, para un reino, para que coman y beban a mi mesa en mi reino, y se sienten sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».

De esta manera sutil, y decantándose por esta segunda forma de traducir, lo que es un «don», una «asignación» o «disposición» en favor de sus discípulos, ellos prefieren verlo como un «pacto» de carácter legal, y enfatizan esa 'legalidad' para acto seguido, relacionarlo con el «nuevo pacto» prometido en Jeremías, que él anunciaba, iba a validarse con su propia sangre.

Curiosamente, la palabra griega utilizada aquí es diatithemai que significa: ||1 hacer, disponer, arreglar, dar, ordenar. ||2 hacer un pacto. Esta palabra, siempre es traducida al español por su primera acepción, pues para la segunda, existe otra palabra griega: diathéke que la TNM vierte en los 33 lugares donde aparece, como pacto.

Si ya, de por sí, es un compromiso traducir diathéke como «pacto» en todos los lugares donde aparece, (el Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento, de Vine, pág. 114 dice que su significado primario es un "otorgamiento de propiedad mediante un testamento o por otros medios"), mucho más el de una palabra derivada, lo que provoca en su Traducción, expresiones tan ilógicas como «pacto que Dios pactó», «pacto que pactaré», que dan patadas al vocabulario español. (Vea como traducen esta palabra en Lc 22:29, 29; Hch 3:25; Heb 8:10; 9:16, 17; 10:16 y compárelos con cualquier otra traducción. Verá las diferencias).

De todas formas, ellos persiguen un objetivo muy concreto, y con esta forma de traducir lo consiguen, aunque concatenan dos hechos inexistentes: 1º) la existencia previa de un pacto de Dios con su Hijo, como si tal hecho tuviera una carácter regulado por ley, y 2º) los que han perseverado con él en sus pruebas, son los que están comprometidos con él en un pacto para reinar a la humanidad, que a su vez, son los mismos que están introducidos en el nuevo pacto. Éste pacto es el que da oficialidad a su participación del pan (cuerpo) y del vino (sangre) en la Cena del Señor.

Digo dos hechos inexistentes, pues su manera de traducir obliga a la existencia previa de un «pacto» oficial entre Dios y Jesucristo para un Reino, del que nada dice la Biblia, y que resulta totalmente ilógico si tenemos en cuenta de quién estamos hablando. Y segundo, limita la territorialidad del «nuevo pacto» a un grupo pequeño de personas, lo que contradice multitud de textos bíblicos que hemos citado arriba, y que dicen todo lo contrario.

¿Era posible que Cristo hiciera un pacto de estas características con sus discípulos? ¿Era posible que hiciera un pacto de un Reino que aún no había recibido? ¿Cómo es que en Mateo 20:20-23 él mismo dijo que ocupar un puesto en el Reino era asunto de su Padre? ¿Cómo es que en Lucas 12:32 les había dicho a sus discípulos, que no deberían estar temerosos, pues el Padre había aprobado darles el Reino?

Pero es que el problema se agranda para los testigos de Jehová cuando se habla de «recibir», «entrar» o «heredar» el Reino, pues es una promesa que no está limitada a 144 mil personas. ¡Hasta las «ovejas» denostadas y rebajadas por los Testigos, reciben el Reino! (Mateo 25:34) ¡Nada limita esta oferta maravillosa de «participar» plenamente de sus privilegios!

No, ni siquiera los cristianos del primer siglo tuvieron constancia de un número, para ellos «mágico», como es el de 144.000, pues no fue hasta el año 96 d. C., -que se supone, Juan escribió el Apocalipsis, cuando se reveló esta cifra. Hasta ese año, en el cristianismo primitivo no se encuentran referencias a tal enseñanza, algo absolutamente ilógico si tenemos en cuenta que esta enseñanza es trascendental para el proceder, la esperanza y la predicación, desde la perspectiva de los testigos de Jehová.

Lógicamente, si Lucas 22:29 vincula la participación de todas aquellas personas que van a recibir el reino, con su participación en la Cena del Señor, comiendo y bebiendo de los emblemas, esto significaría que TODOS los discípulos de Jesús, incluidas las «ovejas», que «heredan» el Reino, deben comer y beber del pan y del vino como señal de agradecimiento y respeto, y como «recuerdo» de lo que Cristo ha hecho por ellos.

Pero hay más, pues observe que las palabras de Lucas 22:28-30, citadas por los testigos de Jehová para dar apoyo a esta enseñanza, fueron pronunciadas por Jesucristo después de haber finalizado la Cena del Señor, y después de haberse planteado una discusión entre los apóstoles de quién de ellos era el mayor. Si Jesús hubiese querido relacionar la participación del pan y del vino con el «nuevo pacto», con el supuesto «pacto» que contraían con él, lo más lógico es que lo hubiera hecho en el mismo acto de distribuir el pan y el vino, para de esta manera, no dejar ni el más mínimo resquicio sobre la relación de una cosa con la otra, es decir, sobre quiénes debieran de participar y quiénes no, especialmente, teniendo en cuenta que en un futuro, 'otro grupo' (según doctrina de los testigos) se uniría a ellos y éstos no podrían participar.

Pero es que ésta interpretación dada por los testigos de Jehová difiere sustancialmente con las palabras que el propio Jesús había dicho un año antes. Veamos: el relato de Juan 6:51-57 es bien significativo. Dice así: «Yo soy el pan vivo que bajó del cielo; si alguien come de este pan vivirá para siempre; y, de hecho, el pan que yo daré es mi carne a favor de la vida del mundo». Por eso, los judíos se pusieron a contender unos con otros, y decían: «¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «Muy verdaderamente les digo: A menos que coman la carne del Hijo del hombre y beban su sangre, no tienen vida en ustedes. El que se alimenta de mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día; porque mi carne es verdadero alimento, y mi sangre es verdadera bebida. El que se alimenta de mi carne y bebe mi sangre permanece en unión conmigo, y yo en unión con él. Así como me envió el Padre viviente y yo vivo a causa del Padre, así también el que se alimenta de mí, sí, ese mismo vivirá a causa de mí». (TNM)

Así pues, aunque la invitación que hace Jesús de 'comer y beber' era extensiva para todo el que desea vida eterna, por muchos años llegué a creer, que tales palabras del 'comer y beber' estaban limitadas a solo un grupo reducido de discípulos de Jesús. Era la enseñanza oficial, y así lo reflejé en las conferencias que dirigí en diversas ocasiones al resto de compañeros concelebrando esta Cena. Ellos creían que estas y otras palabras aplicaban a un grupo reducido de personas que identifican con el "rebaño pequeño" de Lucas 12:32. (Véase esta aplicación en La Atalaya del 1 de noviembre de 1974, pág. 665.) En ningún momento se me pasó por la mente hacer otro tipo de aplicación, pues dentro del grupo, no está permitido el dar interpretaciones particulares sobre pasajes bíblicos hasta que la dirección central se pronuncia sobre los mismos.

Fue en 1986, que después de hacer un 'profundo' estudio del cap. 6 de Juan, confirmaron que, por el contenido, fraseología y auditorio, Jesucristo estaba invitando a la gente en general, a que 'comieran' y 'bebieran' de su carne y de su sangre, pues de otra manera perecerían.

Con éste importante 'retoque' doctrinal, tenían que mover los 'hilos' doctrinales para no caer en serias contradicciones. Se veían obligados a darle un matiz distinto al «comer y beber», de modo que no fuera literal. También tenían que negar con rotundidad que Cristo estaba señalando con sus palabras a una futura celebración de su muerte, pues esto abriría el camino para confirmar que «todos» tenían que comer del cuerpo y la sangre de Jesucristo, y que «a menos» que lo hicieran no tendrían vida eterna.

En la Atalaya citada, dejaron varios de esos 'hilos' desprendidos de su madeja, para no romper bruscamente con su pasado, y por ejemplo, tuvieron que inventarse dos tipos de uniones para explicar las palabras de Jesús, 'el que se alimenta de mi carne y bebe mi sangre permanece en unión conmigo, y yo en unión con él', dieron un nuevo sentido a la frase 'vida en ustedes', pues esa misma expresión aparece en Jn 5:26, y tiene connotaciones muy diferentes a las que ellos quieren darle; (Vea 'Preguntas de los lectores' de La Atalaya del 15 de febrero de 1986, pág. 30) e inventaron una forma de 'comer y beber' diferente a la literal.

El caso es que si las palabras de Juan 6, iban dirigidas a la humanidad en general, y se están refiriendo a una esperanza terrenal y no celestial, no percibían una nueva contradicción, y es: su atrevida afirmación de que esta esperanza terrenal ha sido ahora, desde 1935 en adelante, que ha sido extendida a la humanidad en general, y no fue extendida por Jesucristo durante sus tres años de predicación. Ellos creen que desde el 33 d.C. hasta 1935, Cristo ha estado ocupado en completar el grupo selecto de 'escogidos', 'predeterminados', y 'seleccionados' 144 mil, y que en 1935, una vez completo el grupo, se ha efectuado una invitación general a una grande muchedumbre de otras ovejas para que adoren a Jehová en la tierra. Pero si esto es así, de nada serviría que Jesús en Juan, cap. 6, invitara a las personas a 'comer y beber' con perspectivas terrenales, pues las mismas no se llevarían a cabo hasta 1935.

Ellos interpretan que el momento de cumplirse las palabras de Jesús en Juan 10:16, no fue en 36 d.C. cuando se invitó a los gentiles a su rebaño, sino en 1935, cuando en el discurso del 'juez' Rutherford, se dio un 'destello' de quienes eran los componentes de la gran muchedumbre, las 'ovejas' de la parábola, y las 'otras ovejas' aquí citadas, y se animó a los mismos a que se bautizaran como testigos de Jehová. Durante tres años celebraron dicha conmemoración en exclusividad, y fue en 1938, que invitaron a estas 'otras ovejas' por primera vez a que asistieran a la Conmemoración de la muerte de Cristo como simples espectadores.

Sin embargo, afirmaron en La Atalaya del 15 de febrero de 1986, pág. 18, que todo lo relatado en el capítulo 6 de Juan, aplicaba a 'cualquiera' que tuviera fe, que "esa provisión no es sólo para los coherederos de Jesús", aunque tratando de desviar la aceptación de esa invitación a éste tiempo, al declarar: "También incluye a la 'gran muchedumbre' que sobrevive a 'la grande tribulación'".

¡Esta declaración es absolutamente incongruente! Jesús estaba diciéndoles a aquellos judíos lo que tenían que hacer, y era: «Muy verdaderamente les digo: A menos que coman la carne del Hijo del hombre y beban su sangre, no tienen vida en ustedes. El que se alimenta de mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». (Jn 6:53,54)

Así de simple, y así de fácil. O una de dos; o estaba ofreciendo en ese momento la esperanza terrenal a aquellos judíos, y por tanto, es errónea la enseñanza de que ésta invitación no comenzó hasta el año 1935; o estaba ofreciendo una esperanza celestial a 'cualquiera' que tuviera fe en él, tal como había enfatizado en los vers. 35-40 de este mismo relato, y es errónea la enseñanza de las dos esperanzas o herencias.

Como la doctrina de los testigos de Jehová, establecida por el segundo presidente de la Watch Tower, fue la de limitar la esperanza celestial a un grupo de privilegiados, se vieron obligados a dar pasos atrás, y a rectificar la explicación del cap. 6 de Juan que antes aplicaban a este grupito, en vista de la universalidad de las promesas que encierra.

Por otro lado, limitar la compra, el perdón y el testimonio del espíritu de Dios a un grupo de personas, avisándole que ellas son las escogidas como 'hijos de Dios' contradice lo que el apóstol venía explicando, y era que «todos los que son conducidos por el espíritu de Dios, estos son los hijos de Dios». (Ro. 8:14) Sí, los «hijos de Dios» no son solo 144 mil personas como afirman los testigos de Jehová; son todos los que son conducidos por el espíritu de Dios, y el ser conducido por el espíritu santo de Dios sólo está limitado a los que desean ser conducidos por la carne. (Ro. 8:5-9; Gal. 5:16-18.) Es decir, todos los seres humanos que "reciben" a Jesús, se les da autoridad para llegar a ser hijos de Dios. (Jn 1:12.)

Finalmente, una de las mayores inconsecuencias en su razonar, tiene que ver con el afirmar que «solo los "ungidos" deben participar del 'pan y del vino'». ¿Es que no se dan cuenta que cuando Jesús invitó a sus apóstoles a 'comer' y 'beber', éstos aún no habían sido 'ungidos' por el espíritu santo? ¿Que el ungimiento vino después?

¿Comer y Beber Indignamente?

Ahora bien, ¿no es cierto que el apóstol Pablo puso unos límites en la participación general en la Cena del Señor, en lo que tiene que ver con el 'comer y el beber'? -pregunta muchos testigos de Jehová. El pasaje en cuestión dice: «Por consiguiente, cualquiera que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable respecto al cuerpo y la sangre del Señor. Primero apruébese el hombre a sí mismo después de escrutinio, y así coma del pan y beba de la copa. Porque el que come y bebe, come y bebe juicio contra sí mismo si no discierne el cuerpo». (1Co 11:27-29)

Curiosamente, no solo los Testigos utilizan este pasaje para limitar la participación de las personas en él, sino que algunos grupos evangélicos y la propia Iglesia Católica, advierten seriamente sobre el «comer indignamente», el «escrutinio» a que deben someterse los cristianos antes de comer, y la necesidad de «discernir» el Cuerpo.

Por ejemplo, voces recientes advertían: «Nuestra participación en la Mesa del Señor debe ser la "común-unión" única de Su Cuerpo único, sin división alguna en prácticas, en creencias fundamentales, en espíritu... Es decir, no me parece conveniente que, teniendo cada hermano un entendimiento e interpretación diferentes (por muy respetables que sean) de lo que significa y representa el CUERPO DE CRISTO, participe de la Mesa/Cena del Señor».

Otros establecen una lista de requisitos recogidos de diferentes pasajes bíblicos, diciendo que si uno no los cumple, o no los cree, o no los contempla en su vida espiritual, puede ser delicado para él el comer y beber. Por ejemplo, la Iglesia Bautista dice que «para participar en la Cena del Señor correctamente, hay que ser salvos, ser miembros de la iglesia local, hay que dar inspección de nuestra vida y confesar nuestros pecados».

Algunos elucubran con conceptos doctrinales que, aún siendo verídicos, no deberían mezclarse aquí. Creen que el «cuerpo» que hay que «discernir» no se refiere al cuerpo y la sangre literal de Jesús. Afirnan que dicho «cuerpo» es la Iglesia o congregación de Cristo, y que participando de esta Cena, se están en «comunión» con dicho Cuerpo.

También es cierto que quien asume la vida cristiana, pasa de muerte a vida, es una nueva creación, nace de nuevo. Su propio espíritu le dice que es 'hijo de Dios'. En la práctica, eso es un sentimiento agradable y sereno de sentirse hijo de Dios y llama a Dios Padre confiadamente cuando ora. Pero entiendo que para nada se tiene en cuenta todo eso a la hora de celebrar la Cena del Señor, aunque sea algo irrenunciable.

Un católico hará extensivo la expresión "indignamente" a quizás no haber confesado sus pecados a un sacerdote antes de comulgar, (antiguamente, se condenaba aquella persona que no ayunaba antes de comulgar), o a no creer en la transubstanciación.

Un testigo de Jehová la acomodará a si el participante es o no de los ungidos, etc.

La seriedad en la participación es evidente, y no la podemos obviar. 'Cualquiera' puede comer el pan o beber la copa del Señor, y hacerlo indignamente. La Cena del Señor no es una comida común, no es una reunión puramente social. Hay que acudir a ella en un estado óptimo. Hay que 'discernir' lo que se está haciendo, el significado y la repercusión que tiene para nosotros participar de tales emblemas.

A tenor del contexto, en la congregación de Corinto, algunos no mostraban un comportamiento digno para dicha celebración por lo que Pablo les censura. Simplemente muchos se reunían para comer y beber con ocasión de la celebración de la Cena del Señor sin distinguir que ese acto es una cosa muy diferente. Además no tenían consideración unos con otros.

Pero muchas personas que leen con sencillez este pasaje, y sin buscarle los tres pies al gato, piensan que no hay por qué estar añadiendo y haciendo un inventario de requisitos y doctrinas a tener en cuenta a la hora de añadirse a esa celebración con el espíritu adecuado para la circunstancia, que «discernir el cuerpo», se refiere exclusivamente a lo que representan el pan y el vino, no entrando para nada en el pasaje y, por lo tanto, en la ceremonia de la celebración, el hecho importante y fundamental de que todos los cristianos formamos parte del cuerpo de Cristo, miembros los unos de los otros, etc. etc.

Es cierto que, puede que exista (existe de hecho) diferencia en el pensamiento relacionado con las doctrinas de cada cual. Desgraciadamente los cristianos de nombre (somos todos) estamos divididos. Las doctrinas nos han dividido. Eso lo juzgará Dios. Posiblemente sin tener en cuenta la organización concreta a la que se pertenezca, sino individualmente. A estas alturas parece obvio.

Para ilustrarlo. Un católico podría decirme que yo no celebro adecuadamente esa cena, porque no asisto a una ceremonia en la que hay un sacerdote 'ordenado' para poder, mediante sus palabras, llevar a efecto la conversión del pan en la carne real de Jesucristo y del vino en su sangre. Por la misma razón, yo le podría decir que eso es algo incomprensible, que las palabras de Jesús tenían un sentido simbólico en representación de una realidad, su entrega por nosotros y, por tanto, tenía que tener cuidado en cómo celebra ese acto para no ser reo de la muerte del Señor y estar comiendo su propia condenación.

Dios juzgará a cada uno según su conocimiento y según su corazón. En esto hay cosas que no llego a comprender, debido como decía, a la división absurda entre las confesiones cristianas. Pero lo que hay es lo que hay.

Por eso, la persona debe escrutarse de forma equilibrada, y si después del escrutinio, encuentra algo que perturba su conciencia, puede optar por no participar en esa ocasión hasta otra ocasión más conveniente, ya que 'el que come y bebe, come y bebe juicio contra sí mismo si no discierne el cuerpo'.

Por todo lo dicho, podemos concluir que ningún ser humano tiene autoridad para limitar el número de participantes del 'pan y el vino' sin caer en un grave peligro de disponer sobre los demás de algo tan delicado como es el sacrificio de Cristo. No podemos imaginarnos a Cristo invitando a la gente en general a comer y beber de su cuerpo y de su sangre, y por otro lado, a algunos de sus apóstoles, estableciendo requisitos y número de los que podían tener acceso a tal privilegio.

También tenemos que respetar, a quién después de un 'escrutinio' opta por no participar en una o varias ocasiones. En realidad, nosotros no somos nadie para 'canalizar' la vida que Cristo vino a traer a la humanidad. Tampoco tenemos derecho de forzar la voluntad de nadie para que participe. Es un acto absolutamente libre y personal de cada ser humano.

Comer y Beber ¿Cuantas Veces?

Muchas iglesias sostienen que celebran esta fiesta junto con todas las demás, en imitación al mandato de Cristo. Los testigos de Jehová destacan que "la diferencia más notoria [entre ellos y los demás] esté en la frecuencia con que lo hacen." (Vea La Atalaya del 15 de marzo de 1994, pág. 4).

Y dos argumentos principales son los utilizados por los testigos para inclinar tal opinión hacía una celebración anual: 1º) el asemejar tal celebración a un aniversario, y 2º) el asemejar tal celebración a la Pascua judía que se celebraba de forma anual en una fecha y hora concreta.

Con relación al primer argumento, los Testigos de Jehová siempre se han inclinado por relacionar la celebración de la muerte del Señor con un Aniversario, deduciendo por tanto, que tal celebración debe realizarse una vez al año.

En La Atalaya anteriormente citada así lo confirman, cuando, después de citar de 1Cor 11:24, 25, según la versión Cantera-Pabón, que dice: «Haced esto [...] en conmemoración mía», preguntan: «¿Cuantas veces se lleva a cabo una conmemoración o se celebra un aniversario?». Sin titubear, contestan: «Por lo general, una vez al año».

Observe la manera intencionada de llevar al lector a unas conclusiones manipuladas. Primero, y partiendo de la palabra conmemoración que utiliza la versión Cantera-Pabón, asocian dicha palabra con el término aniversario. Aunque tales palabras pueden transmitir ideas diferentes, ellos las enlazan, para que el lector crea que la una es sinónimo de la otra, y que Cristo, cuando hablaba de «recordar» su muerte, hablaba de «conmemorar» como si tal recuerdo fuese un aniversario. Después, sacan conclusiones que, como podemos observar, ni siquiera son definitivas, pues responden con la frase: «Por lo general...» al darse cuenta de que algunas conmemoraciones o aniversarios pueden celebrarse más de una vez al año, empero ellos lo dan por hecho, y basan toda su argumentación en que tal hecho debe celebrarse una vez al año.

Independientemente de todo este trastueque para que las Escrituras digan lo que un colectivo quiere que digan, lo importante para nosotros sería el buscar y hallar argumentos bíblicos para justificar que la Cena del Señor pueda ser catalogada como hecho o acontecimiento conmemorativo de carácter anual, o aniversario.

Como no existe un mandato específico de Jesús de celebrar esta Cena anualmente, y no existen relatos bíblicos que muestren a los cristianos del primer siglo celebrando tal acontecimiento de forma anual, tenemos que remitirnos a las propias palabras utilizadas por Jesús, para ver si en ellas se encuentra algún indicio de tal intención.

Jesús literalmente dijo a sus discípulos: «Sigan haciendo esto en memoria de mí», (Lc 22:19) utilizando la palabra griega anamnesis (ana, 'arriba o de nuevo', mneme, 'memoria',) que según el Diccionario Expositivo de palabras del Nuevo Testamento, de Vine, tomo II, pág. 388, significa, "no 'en memoria de', sino en un afectuoso traer a la mente de la Persona misma, [...] un despertar de la mente».

Efectivamente, la acción de recordar a Jesús, el acto de recordar, es diferente del que transmite la expresión griega mnemósumon que se traduce 'memorial', recordatorio, el objeto del recuerdo, pues la expresión de Jesús nos da a entender que la Cena del Señor, como ordenanza y medio de gracia, no ejerce su virtualidad por lo que el pan o el vino en sí, sino por la fe del creyente, suscitada por los símbolos representativos de lo que Cristo hizo por nosotros

Sabido es la costumbre de los seres humanos en levantar monumentos o placas 'en memoria de' alguien, o dedicar un día al año para recordar tal o cual acontecimiento. No parece que Jesucristo se estuviera refiriendo a esta costumbre, pues como añade Vine en pág. 389, «anamnesis indica un recuerdo no provocado» lo que realza aún más la desconexión que tal 'memoria' con una fecha concreta, con un día concreto como el que tiene una celebración de aniversario. Conscientes de esto, los testigos de Jehová en los últimos años han dejado de utilizar el término 'Memorial', para reemplazarlo por 'Conmemoración', pues se acerca más a la definición bíblica.

A pesar de esto, queda el hecho de que la palabra 'memoria' utilizada por los evangelistas no tiene nada que ver con celebración, aniversario o conmemoración anual de un hecho, sino con recuerdo, con traer a la memoria un hecho concreto, sin necesidad de un objeto externo que provoque tal recuerdo. Los seguidores de Cristo deben «recordar» la muerte de Jesús, haciendo lo que él hizo, no una vez al año, cuando lo determina un calendario, sino las veces que lo deseen, las que su corazón lleno de aprecio determine. Por esto algunas traducciones vierten la frase como: "Haced esto en recuerdo mío." (BJ; Ediciones Paulinas; Nuevo Testamento Interlineal de Fco. Lacueva, pág. 337).

Esto concuerda con los tiempos de la palabra griega que utilizó Jesucristo, cuando dijo: 'Haced', que están en imperativo presente y sugieren que el participar a menudo en la Cena del Señor es un mandato divino, (Hch 20:7) o de la expresión "cuantas veces" (gr hosakis) que según el Diccionario Expositivo de palabras del Nuevo Testamento, de Vine, tomo IV, pág. 239, es un adverbio relativo, y da a entender "tan a menudo (o frecuentemente) como", y se traduce "todas las veces" o "cuantas veces".

Esta es diferente de la palabra pollakis, utilizada en Heb 9:26, que tiene el significado de "un número de veces" y que la TNM vierte al inglés de la misma forma que 1Co 11:26, es decir con el término "often". (Al español es traducida con la frase "muchas veces").

Sí, Pablo da a entender que esta práctica debería hacerse frecuentemente, repetidamente porque "todas las veces" ó "cuantas veces" se realice tal acto, se proclama la muerte del Señor.

Aunque la palabra 'memoria' no tiene nada que ver con el número de veces que se debe recordar la muerte del Señor, ¿por qué limitar nuestra 'proclamación' de la muerte del Señor a sólo una vez al año? ¿Por qué limitar tal acto a un día concreto del año? Es, tal vez, muy apropiado celebrar la cena del Señor en la noche de la Pascua, pero no hay base para limitarla a este tiempo anual. No tiene sentido que una acción tan trascendente, esté limitada a una celebración anual, como si de un aniversario se tratara.

Y en cuanto a asemejar la Cena del Señor a la Pascua judía, debemos ser serios en ésta afirmación. No podemos bambolear de un lado a otro de la cuestión simplemente por que en un momento nos interesa tal paralelo y en otros, no.

Efectivamente, las publicaciones de los testigos de Jehová razonan: «Dado que la Pascua era una celebración anual, es lógico que la Conmemoración también lo sea». (Vea La Atalaya del 15 de marzo de 1994, pág. 4). O, «Tanto la institución de la Cena del Señor como la muerte de Jesús ocurrieron el día de la Pascua, que conmemoraba la liberación de Israel del cautiverio egipcio. [...] La Pascua se celebraba solo una vez al año, el 14 de Nisán. De aquí se deduce que la muerte de Jesús debería conmemorarse con la misma periodicidad que la Pascua; todos los años, no diaria ni semanalmente». (Vea La Atalaya del 15 de marzo de 1993, pág. 5).

Y por otro lado, en otro lugar afirman: "Esta Cena no fue una continuación de la Pascua judía. Fue algo nuevo que llegó a llamarse la Cena del Señor." (Vea La Atalaya del 15 de marzo de 1993, pág. 3).

Ya, en La Atalaya del 15 de febrero de 1985, pág. 17, habían creado un precedente cuando llegaron a decir: "Era la Pascua un tipo de la Conmemoración?" Y contestaron: "Es cierto que algunos rasgos de la Pascua se cumplieron sin lugar a dudas, en Jesús." Sin embargo, no todos se cumplieron.

Es por eso que decimos, que tenemos que ser serios a la hora de realizar afirmaciones de este tipo. No podemos utilizar un paralelo bíblico en sentido literal para salvar nuestra interpretación de ciertos pasajes, y olvidar detalles de ese mismo paralelo, -o interpretar en 'sentido figurado'- cuando no coincide con dicha interpretación. Y evidentemente, lo que tratan de hacer aquí los testigos de Jehová es ampararse en las Sagradas Escrituras para justificar los intereses de poder y control que los 'ungidos' ejercen sobre la 'grande muchedumbre, buscando los 'rasgos' que coinciden con su interpretación previa, para dar respaldo a su versión.

Si los testigos de Jehová afirman que la Cena del Señor es la correspondencia con la Pascua judía, deberían ser consecuentes con tal afirmación, pues durante la Pascua judía, TODOS los judíos, hasta los extranjeros, participaban de ello, no como meros espectadores sino como participantes.

En la Pascua no existía la figura del 'espectador'. Todos comían el Cordero Pascual como señal de su aprecio por la Liberación que Jehová les había dado de la matanza de los Primogénitos y del pueblo egipcio. Tal celebración era en el ámbito familiar, y se realizaba en los hogares de cada israelita, no en grandes salas como en la actualidad lo conmemoran los testigos.

Empero, más allá de todo esto, la Pascua judía guarda un paralelo evidente con la Cena del Señor. El apóstol Pablo llamó a Jesús, 'Cristo nuestra pascua' y dijo con claridad: "No es excelente [la razón de] su jactancia. ¿No saben que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Quiten la levadura vieja, para que sean una masa nueva, según estén libres de fermento. Porque, en realidad, Cristo nuestra pascua ha sido sacrificado. Por consiguiente, guardemos la fiesta, no con levadura vieja, ni con levadura de maldad e iniquidad, sino con tortas no fermentadas de sinceridad y verdad." (1Co 5:6-8.)

¿Qué quiso decir Pablo con estas palabras? ¿Qué era la 'levadura vieja' con la que se podía guardar la fiesta, pero que Pablo aconseja que no se haga?

Básicamente, el enfoque diferente que se le debería de dar a 'la fiesta' que el cristiano debería de guardar, en contraste con el que tenía la Pascua judía, tiene que ver con la Ley que regía la primera, y la bondad inmerecida que rige la segunda.

Pablo desarrolló este tema en la carta que remitió a Colosas y a Éfeso, en donde enfatizó cómo la Ley "que consistía en decretos y que estaba en oposición a" los seres humanos, fue quitada del camino, clavándola en el madero de tormento (Col 2:14.) con el fin de liberar al hombre.

Y razona: "Por lo tanto, que nadie los juzgue en el comer y beber, o respecto de una fiesta, o de una observancia de la luna nueva, o de un sábado; porque esas cosas son una sombra de las cosas por venir, pero la realidad pertenece al Cristo." (Col 2:16, 17.)

Por lo tanto, nadie está autorizado para utilizar la Pascua como 'fuerza de Ley' que regule un ritual ó un proceder trasplantado a la Cena del Señor. Era una "sombra", y como dijo Pablo, una sombra no puede ser utilizada para 'juzgar' el proceder del ser humano. No vale decir que la Pascua guarda correspondencia con la Cena en 'algunas' cosas (que coinciden con las creencias y práctica de los testigos de Jehová,) y que en otras no, (en las que no coinciden con dichas creencias,) como dan a entender. Tenemos que acudir a la realidad que es Cristo, y analizar con objetividad sus palabras y el proceder que sus discípulos determinaron de las mismas, para delimitar un curso de proceder que se acerque al previsto por el propio Jesús.

'Partiendo' el pan.

Y curiosamente, en éste asunto sí se obvian algunos pasaje bíblicos que nos pueden ayudar a tener una perspectiva más apropiada del tema en cuestión. Es interesante observar como en los Hechos de los Apóstoles se menciona en diversos relatos, las ocasiones que los discípulos se reunían para «partir el pan», (gr klásis) expresión que se repite en más de una ocasión.

Aunque algunas obras de referencia advierten en contra de aplicar la frase automáticamente a la celebración de la Cena del Señor, la traducción bíblica utilizada por los testigos de Jehová, se toma nuevamente cierta libertad con los textos relacionados con esta expresión griega, de tal modo que su forma de traducir («tomar comidas») da a entender que siempre que los cristianos primitivos se reunían para 'partir el pan', lo hacían para tomar una comida de hermandad.

No se dan cuenta, y si se dan, lo obvian, que si éste fuera el significado exclusivo de dicho término, quedaría mudo de significado tal celebración en los relatos evangélicos, pues si las ocasiones que mencionan los Hechos de los Apóstoles de 'partir' el pan, no tienen nada que ver con la Cena del Señor, sino con 'comidas' que organizaban los cristianos primitivos, entonces 'la celebración más importante del año para todos los cristianos verdaderos', no es mencionada en ninguna ocasión como un acontecimiento que fuera celebrado por dichos cristianos, algo absolutamente asombroso, de ser verdad lo que afirman los Testigos.

Esta es la deducción que sacamos si leemos sólo y exclusivamente la Traducción del Nuevo Mundo, pues las expresiones, 'partir el pan' la traducen por "tomar comidas", como si los discípulos tuvieran la costumbre de comer juntos muy a menudo, o todos los primeros días de la semana, y eso fuera un motivo a reseñar en la Biblia. Sólo en su versión con Referencias reconocen que literalmente se reunían "para quebrar pan" (vea notas de la misma en Hechos 20:7 y 11), sin hacer más hincapié en el significado de esa expresión.

La realidad es que muchos lexicógrafos de entre los de habla griega reconocen que la expresión se utilizaba comúnmente para referirse a comidas normales, donde se partía el pan en la comida de casa. La obra Cuadros verbales en el Nuevo Testamento, cita de un erudito (Hackett) como sigue: «No hay lugar para dudas de que en éste periodo, el Eucaristo se precedía por una comida normal, tal como fue el caso cuando se instituyó la ordenanza». Otro erudito del idioma griego (Page) dice: «El explicar tei klasei tou artou [en 1Cor 11:20] simplemente como "La Santa Comunión" constituye el pervertir el significado sencillo de las palabras, y el desfigurar el cuadro de vida familiar, el cual el texto coloca delante de nosotros como el ideal para los creyentes primitivos». Así, parece que esta acción, tiene que ser examinada a la luz de su contexto, para discernir que se estaba haciendo en cada momento concreto.

Y no hay duda que en algunos pasajes como Lc 24:30 y Hch 27:35, (cuando Jesús comió pan en el viaje con los dos discípulos, o cuando Pablo animó a los marineros y a otros viajeros a que comieran algo para nutrirse) no era para celebrar la Cena del Señor.

Por otro lado, hay ciertos relatos en los que parece evidente que sí se reunían y celebraban tal acontecimiento. Por ejemplo, según Hch 2:42, los primeros discípulos «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento (gr klásei) del pan y en las oraciones». (Val)

En un principio, esto lo hacían de forma regular, casi diaria. Esto lo confirma el vers. 46 que dice: «Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo (gr klôntés) el pan». (Val) Probablemente esto lo hacían movidos por las circunstancias de los primeros momentos del cristianismo, en donde compartían sus hogares, sus bienes y propiedades. El relato afirma: «Todos los que se hacían creyentes estaban juntos, teniendo todas las cosas en común, y se pusieron a vender sus posesiones y propiedades y a distribuir el [producto] a todos, según la necesidad que cualquiera tuviera». (Hch 2:44, 45)

Observe que el relato menciona cuatro cosas en las que los discípulos perseveraban: 1º) la doctrina o enseñanza de los apóstoles, 2º) la comunión de las cosas, 3º) el partir el pan, y 4º) las oraciones. ¿Que sentido tiene señalar el 'partir' el pan, como algo a destacar si esto significaba que cada día 'comían' juntos las comidas normales? ¿Es el "comer" una comida con otros cristianos una señal similar a orar, escuchar una doctrina o compartir los bienes con otros?

Posteriormente, esta práctica habitual se refleja en Hch 20:7, donde dice: «El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir (gr. klásai) el pan...» (Val) Y es que parece que la acción de Jesús de "partir" el pan, durante la última Cena, había llegado a ser peculiar en él, de tal modo que era identificado por la forma de hacerlo, (Lc 24:30-31, 35) y llegó a convertirse en un rasgo característico de dicha Cena.

Se ve pues, que en algunas ocasiones que se reunían "partían" el pan, con el solo objetivo de celebrar o recordar la muerte de Jesús, tal como da a entender Pablo a los Corintios, cuando increpa las divisiones que tenía esta iglesia. Pablo les dice: «Pero al anunciaros esto que os digo no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues en primer lugar cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Cuando, pues os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor». (1Co 11:17-20; Val.)

El consejo que el apóstol Pablo dio a los Corintios es bien significativo. Primero, muestra que los Corintios se reunían con cierta regularidad, siguiendo el precedente de otras ciudades en las que se había establecido el cristianismo. El propio Pablo, en la casa de Ticio Justo, cuya casa estaba contigua a la sinagoga, (Hch 18:7) solía enseñar que Jesús era el Cristo, lo que llevó a muchos a hacerse creyentes.

Pablo estaba hablando de reuniones habituales, no de una reunión extraordinaria que se celebraba cada año; reuniones en las que tenían la costumbre de "partir" el pan, y en la que habían surgido ciertas divisiones. No parece creíble que desde el año 52 d.C. que Pablo dejó Corinto, (después de fundar dicha congregación y pasar año y medio con ellos) hasta cerca del 55 d.C. que escribió la primera carta, en solo dos o tres conmemoraciones que celebraron sin la dirección de Pablo, (en caso de que se hubiesen celebrado anualmente), se hubiera corrompido de tal modo la práctica de la misma, salvo que la Cena del Señor se celebrara de forma habitual y repetida.

Al introducir Pablo la expresión 'iglesia' puede que lleve a algunas personas a pensar en lo eclesiástico, en lo solemne y en servicios "de iglesia" que no llegaron a existir hasta siglos más tarde, cuando algunos líderes religiosos comenzaban a formalizar el cristianismo y cambiarlo de la sencillez de una hermandad que originalmente reflejó. (Mateo 23:8) Para él, 'reunirse como iglesia', y tomar una comida de hermandad eran igual, pues imperaba un cuadro de vida familiar que Cristo había animado a sus discípulos a tener.

En estas primeras reuniones, el espíritu familiar que Cristo animaba entre sus discípulos sin duda se expresaba bien en el reunirse para comidas fraternales y, en esas ocasiones, acompañarlas con expresión de su fe tenida en común por medio de participar de pan y vino, como memorial de la muerte de su Señor. La Cena del Señor era una practica precedida por una comida normal, tal como fue el caso cuando Cristo instituyó esta celebración. En dicha reunión se distribuían el pan y el vino con un nuevo significado. Estos útiles de la alimentación se repartían para 'proclamar' la muerte del Señor, empero, como dijo Pablo, cuando los Corintios 'se congregaban', o se 'reunían como iglesia', no lo hacían para lo mejor sino para lo peor.

Estaban pervirtiendo el verdadero sentido de la Cena del Señor, pues aprovechaban tal acontecimiento o utilizaban este como justificantes de grandes banquetes donde abundaba el comer y beber, (de hecho, el apóstol Pablo dijo que «muchos estaban débiles y enfermizos, y no pocos estaban durmiendo en la muerte»), y esto les llevaba a no entender bien la Cena del Señor y su significado, y no respetar el carácter sagrado de la ocasión. Como su mente estaba soñolienta o concentrada en otras cosas, no se hallaban en posición de participar de los emblemas con aprecio. No percibían por completo su seriedad: los emblemas representaban el cuerpo y la sangre del Señor, y la cena era un recordatorio de su muerte. Por eso Pablo subrayó el grave peligro que corrían los que participaban sin discernir estos hechos. (1Co 11:20 34.)

El aceptar la Cena del Señor como una celebración de la muerte del Señor de forma anual, sería como aceptar la práctica católica de establecer un 'día' de la madre, un 'día' del padre, un 'día' de los enamorados, etc., que los testigos critican y condenan, como si el respeto y el amor se debieran expresar en ese 'día' y no en otro.

Establecer 'un día' al año para proclamar la muerte de Jesús, dejaría tal fecha, carente del verdadero sentido de la muerte de Jesús. Limitaría nuestro recordatorio a un día al año.

Por otro lado, es incierto que la celebración de una festividad como la muerte de Jesús abarate tal acontecimiento por el hecho de hacerlo más de una vez al año, como es incierto que el que un enamorado envíe flores de vez en cuando y de forma inesperada a su amada, o el que un hijo haga regalos a sus padres, o simplemente les diga 'te quiero', abarate tal motivación o hecho, sino todo lo contrario, pues tal acontecimiento no depende de una fecha en concreto, sino de un deseo del corazón que no esta reglamentado por el calendario.

En realidad, en lo que tiene que ver con las formas y maneras de celebrar este acto, tenemos que remitirnos nuevamente a las palabras de Jesús, cuando dijo: "Haced esto en recuerdo mío," (Lc 22:21) y preguntarnos: ¿Qué era 'Esto'? ¿Era una fecha? ¿Era una hora? ¿Eran unos emblemas concretos? ¿O era la acción en sí de reunirse y realizar el mismo acto que realizó Jesús para traer a la memoria las trascendencia de su muerte? ¿Cuál debe ser nuestra preocupación principal en todo esto? ¿Que el día que celebremos esta Cena coincida con exactitud con el calendario judío? ¿Que las tortitas de pan estén hechas con harina de trigo, o que el vino tinto no tenga ningún tipo de edulcorantes?

Cuando las personas trasladan las palabras a los hechos, suelen cometer el error de revestir las mismas de ornamentos tales, que muchas veces las palabras en si se apagan, quedando ocultas de su verdadero sentido.

Creo que aquí son pertinentes las palabras que Cristo dirigió a los fariseos cuando dijo: «¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito pero engullen el camello!» (Mat. 23:24) Y es que en este tema hay mucha «ceguera», y donde hay ceguera de esta clase, de repente un colectivo grande de personas sencillas y sinceras que el único afán que tienen es servir a Dios de alguna manera, se pueden ver tragando «camellos» de gran tamaño, sin apenas percibirlo.

Resumen

Los Testigos de Jehová han creado con todo esto, un ritual vacío de contenido y carente del verdadero significado que tiene la muerte de Jesús. Sus dirigentes lo saben, y lo tratan de combatir en casi todas las revistas que consideran este tema, con declaraciones enfáticas.

En La Atalaya del 1 de marzo de 1992, pág. 19, razonaban: "En el año pasado [...] menos de una décima parte del uno por ciento participaron de los emblemas. Entonces, ¿de qué provecho es ésta celebración para los millones de observadores? ¡Es de gran provecho!"

Note su exclamación. Es sospechoso que esta misma pregunta la hayan repetido en diversas ocasiones a lo largo de los años, y que como única respuesta, hayan utilizado frases vigorosas como estas para convencer de que es muy útil asistir como 'observador' a tal Cena.

Y es que los propios dirigentes perciben ese vacío, y tienen que suplantarlo de este modo. Saben muy bien que el seguidor de Cristo debe hacer una proclamación continua de su muerte, y debe mostrar el aprecio debido a ella por medio de participar del 'cuerpo y la sangre' de Jesús, como un claro exponente de la fe que se pone en tal sacrificio. Todo lo demás son palabras.

Esta burda pantomima que los testigos de Jehová efectúan en sus Salones del Reino o en salas especiales, es una falsificación del verdadero sentido que Cristo quiso dar a su muerte.

La peculiar forma de celebrar, explicar y aplicar los pasajes bíblicos relacionados con la Cena del Señor por parte de los Testigos de Jehová, llevan a incongruencias abismales y a situaciones absurdas. Por ejemplo: a que llegue el momento en que NADIE participe del pan y del vino, al ir muriendo los que dicen ser "ungidos", y por tanto, que NADIE proclame la muerte del Señor, pues como ellos saben muy bien, es el que 'come' y 'bebe' el que proclama, y no el que asiste como observador a tal 'comida'.

Sin mencionar que los testigos de Jehová caen en contradicciones nuevamente al tener que celebrar dicha Cena "hasta que él venga" y haber tenido que ir aplazando tal "venida" en varias ocasiones, en vista del incumplimiento de sus expectativas.

En realidad, los argumentos utilizados carecen de respaldo bíblico, y dudo que los dirigentes de los testigos de Jehová no se den cuenta de ello. Combinan hechos con suposición, evidencia bíblica con mera hipótesis. Y de seguro, que la creencia en una doctrina que establece lo que ellos denominan 'la celebración más importante del año para todos los cristianos verdaderos', seguramente debe contar con un fundamento más sólido que ese.

Es muy grave la afirmación realizada en La Atalaya del 15 de marzo de 1993, pág. 7, donde dicen: «Para beneficiarse del sacrificio de Jesús y recibir vida eterna en la Tierra, no es necesario participar de los emblemas de la Conmemoración». Como apoyo de tal afirmación, razonan: «Por ejemplo, en la Biblia nunca se da a entender que personas reverentes como Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Boaz, Rut, y David participaran alguna vez de estos emblemas».

Después de realizar esta 'sesuda' declaración, es incomprensible que la gran mayoría de los testigos no se den cuenta de la manipulación a que están siendo sometidos. Esta miserable forma de razonar para debilitar las razones que pueden llevar a una persona a desear participar del cuerpo y la sangre de Jesucristo, solo son una pequeña muestra del poder mental que puede ejercer una organización sobre la posibilidades que todo ser humano tiene de expresar libremente su fe.

Por todo lo dicho, es razonable que muchas personas lleguen a la conclusión de pensar y decir que nadie tiene derecho a poner límites a las formas y maneras de recordar lo que nuestro Señor Jesucristo hizo por todos nosotros.

El 'comer y el beber' es la manifestación pública y ostensible de la fe que tal persona pone en la figura de Cristo, al igual que el bautismo es la manifestación tangible de la dedicación de tal persona a Dios. Son elementos gráficos y literales, que expresan la fe que un siervo de Dios tiene. Y esta es una bonita oportunidad para expresar esa fe en compañía de otros. Nada tiene que ver con la esperanza ni el destino del ser humano, sino con nuestro aprecio. Si uno aprecia lo que Cristo ha hecho por él, debe 'comer' y 'beber' de él, poniendo fe en su sacrificio de rescate, independientemente de su destino. Lo manifiesta pública y ostensiblemente 'comiendo' y 'bebiendo' literalmente pan sin levadura y vino tinto, pues 'cuantas veces' lo haga, proclama la muerte del Señor. (1Co 11:25, 26.)

No podemos por menos, que seguir proclamando esa muerte hasta que el llegue, y exclamar desde lo profundo de nuestro ser: «¡Amén! Ven, Señor Jesús». (Apo. 22:20.)

©José Martín Pérez