Fernando González Martín



"Me he sentido defraudado"


HACE VEINTICINCO años me enteré que había alguien en el barrio donde vivía que era de una religión diferente a la católica. Pensé que como católico tenia la verdad y la obligación de orientarlo a la Iglesia verdadera. Así que fui a verle para charlar con él.

Me desconcertó el uso que hacía de la Biblia. Especialmente la lectura de Exodo 20:4,5 me llamó la atención. Comprobé después en mi Biblia traducida por católicos y rápidamente fui a mi madre y abuelos para contarles lo que había aprendido sobre las imágenes. Tenía sólo 16 años y estaba por empezar un camino que marcaría mi futuro. Pronto comencé un estudio bíblico (estudiaba en la calle sentado en alguno de los bancos del barrio dado que a mis padres no les gustaba que estudiara). Algunos de mis amigos también empezaron a estudiar. Empezamos a asistir al único Salón del Reino que había en Sevilla. Disfrutaba mucho con los discursos que daban hermanos como F. Carrizosa, Manfred, Felice Episcopo y otros .

Sentí un gran alivio al aprender que las enseñanzas católicas de un castigo eterno en el infierno, el purgatorio y otras no tenian base bíblica. Además aprendí que los cristianos no tenian que matar a otros cristianos en las guerras . Y la esperanza de vivir en un paraiso cercano en la corriente del tiempo era dulce y refrescante. Todo esta información venía en un libro de pasta azul: "La Verdad que lleva a Vida Eterna". Recuerdo que cuando fuí a pagarlo el misionero puertorriqueño no me cobró algunas pesetillas que faltaban para completar las 18 que costaba. Yo estudiaba bachillerato en un colegio salesiano y recuerdo que contesté un examen con algunos textos bíblicos que precisamente chocan con la teologia católica y curisoamente no me suspendieton, me dieron notable. Eso sí tuve que pasar una tarde por el despacho de uno de mis profesores ya que mis padres habían hablado con el director para que me quitaran de la cabeza mis nuevas ideas religiosas.

Pero nada ni nadie podian hacerme cambiar. Las revistas y hasta los libros los pasaba a mi casa escondidos debajo de la ropa. Por aquel entonces recuerdo cuando estaba en mi habitación escuchando en la radio el programa "El consejo del doctor" donde fueron invitados algunos hermanos en un debate sobre el tan conflictivo tema de la sangre.

Se acercaba 1975. Tenía conocimiento de los rumores que había sobre ello. Aunque pensaba que esto no estaba de acuerdo con el espíritu del texto de Mateo 24:36 esperaba que si no en ese año el nuevo sistema vendría en alguno de los años próximos. No me causó una fuerte desilusión. Más tarde me enteré que había un anciano muy relevante que por decirlo así estaba dispuesto a poner la mano en el fuego a favor de esa fecha.

En 1974 decidí una vez terminado el bachiller superior buscar un trabajo con un buen horario que me permitiera dedicarme más a la congregación a la vez que independizarme de mi familia que seguía sin ver con buenos ojos a los testigos. Renuncié pues a estudios universitarios ya que también pensaba que a este sistema le quedarían pocos años. En Julio de 1975 empecé a trabajar de administrativo con el horario que buscaba, sólo por la mañana.

Tuve conocimiento por aquellas fechas de la existencia de otros grupos religiosos igualmente de origen norteamericano como adventistas y mormones. Por los años que llevaba estudiando tenía que tomar pronto una decisión sobre el bautismo. No terminaba de decidirme a dedicarme como testigo de Jehová . Estaba receloso respecto a algunas cosas. Pensé en investigar algo acerca de los adventistas y mormones, pero la creencia en la Trinidad de los primeros y la complicadísima teologia de los segundos me hicieron desistir y tomé la decisión de bautizarme presionado algo por la necesidad de afrontar la prueba de la neutralidad pronto. Había que decidir. En Enero de 1978 en una asamblea de circuito me bautizé a los 20 años de edad.

En el verano de ese mismo año 1978 en vez de coger el barco para Melilla para hacer el servicio militar tomaba un avión con destino a Barcelona para asistir a la asamblea internacional "Fe Victoriosa". Recuerdo que me impresionó el cartel anunciador del discurso público que más o menos decía: "Jesuscristo, rey victorioso, con quién tienen que enfrentarse las naciones". Fue una experiencia inolvidable. Era todo felicidad. Te encontrabas hermanos por todos sitios.

Pronto empezaron a darme privilegios en la congregación. Llegué a ser Siervo Ministerial y me invitaban de vez en cuando a pronunciar discursos públicos. Disfrutaba también de la asociación cristiana. De vez en cuando saliamos juntos grupos de jóvenes hermanos para pasear o tomar unos refrescos.

En la primavera de 1980 hice el precursorado auxiliar. También Mari Carmen, mi esposa lo hizo. Ibamos a predicar a pueblos próximos a la capital. En Enero de 1981 formalizamos nuestra relación y en Julio de ese mismo año celebramos nuestra boda.

Al año siguiente nació nuestra hija mayor Rosana. Dos años y medio después vino su hermana Elizabeth. Recuerdo que por aquél tiempo la ley que había sobre el servicio militar no era aceptable por la Sociedad ya que ofrecía un servicio civil obligatorio para los objetores y se castigaba con pena de prisión a quién no lo aceptara. Esta posición no la compartía. No veía base bíblica sólida para rechazar el servicio civil. Pensaba que entraba en una zona "gris" donde la conciencia del individuo debía decidir. Aprovechando la visita de un superintendente de distrito estuvimos hablando un buen rato sobre el particular. Se esforzó en tratar de convencerme de que era incorrecto aceptarlo. Yo no me fuí convencido con sus argumentos. Estaba preocupado con la idea de ir a la cárcel. Tenía una familia.

Eso significaba la pérdida del puesto de trabajo. Como en mi empresa estaban por aquellas fechas ofreciendo bajas incentivadas y no estaba claro lo que iba a ocurrir con los objetores insumisos a todo tipo de servicio llamé preocupado a un hermano abogado de Madrid para que me aconsejara sobre si era preferible coger el dinero dadas las perspectivas de cárcel segura si se aplicaba la ley (condena de dos años cuatro meses y un día a seis años).

El hermano me aconsejó, con su mejor intención, que cogiera el dinero. Yo opté por esperar.

Afortunadamente para mí pasó el tiempo sin que hubiera una solución por el Estado, que dió carpetazo a los objetores que llevabamos esperando algunos años y no tuvimos ningún problema. Algunas veces me he preguntado: ¿hubiera sido fiel a mi conciencia o hubiese ido a prisión por temer a una expulsión al no obedecer la norma que imponía la Sociedad?

No lo sé. Cierto es que tenía en alta estima lo que decía la Sociedad, era casi como si viniera del mismo Creador. Ignoraba por completo la división que había entre los miembros de la Sociedad sobre esta cuestión, pero como no hubo mayoría en la proporción de las dos terceras partes para cambiar la norma este cambio habría de esperar. Claro, de esto no me enteré hasta leer el libro "Crisis de conciencia". Es una de las cosas que más me impactó.

Pero como estaba ajeno a todo ello yo seguía confiando en la Sociedad. Y aunque a veces no todas las experiencias eran positivas en la congregación (por ejemplo: a raíz de que la hija de un anciano, estudiante en el instituto, se quedó embarazada había tanta tensión y división en el cuerpo de ancianos que lo unicó que les faltó fué llegar a las manos), prefería estar dentro de la misma.

Nos mudamos a una casa que construimos en un pueblo cerca de la capital. Allí vivía mi cuñado, anciano de la congregación del pueblo, y su familia. También estaba rodeado de otros hermanos. Nos las prometiamos felices rodeados de tantos hermanos, algunos ancianos y siervos ministeriales. Luego el tiempo daría al traste con tales expectativas. Los años pasaban, el fin no llegaba. Ya no tenía el entusiasmo de años anteriores. Mi actividad fue decreciendo. Dejé de ser siervo ministerial. Me estaba replanteando mi situación espiritual. No tenía claro ciertas cosas. Entonces se planteó el siguiente problema con Elizabeth, mi hija menor:

Elizabeth, desde muy pequeña, tenía problemas de salud en el aparato digestivo. La llevabamos de vez en cuando a la consulta de un catedrático pediatra especialista en el aparato digestivo. Creiamos que estaba en uno de los mejores profesionales para solucionars el problema. LLevaba una temporada tratándola de molestias y pequeños dolores en el vientre. Un día se agudizó el problema. La llevamos. Mi esposa le preguntó: ¿No será apendicitis?. El respondió que nó era apendicitis. Pero Elizabeth estaba bastante mal. El reconoció que si la lleváramos al hospital la dejarian ingresada. Decidimos cambiar de médico. La llevamos a otro. Nos recomendó que no esperáramos, que fuéramos al hospital. La niña cada vez se quejaba más. Nos atendió una amable doctora, joven en la profesión, que le hizo algunos análisis y pruebas. No daban nada claro. El dolor le hacía moverse en la cama. Había que decidir pronto y la doctora decidió en vistas de lo mal que estaba, operar. Creía que era apendicitis. Le explicamos que no queriamos que utilizasen sangre en la operación. Mi esposa le explicó a la doctora que no queriamos que utlizara sangre en la operación. La doctora dijo que aunque esperaba que no hiciera falta, salvo complicaciones, la niña era menor de edad. Eran las doce de la noche. La bajaron a quirófano para ser intervenida y tanto yo como mi esposa y mis padres nos quedamos en la planta con nuestro temor y angustia en una tensa espera dada la situación.

Durante la hora y media aproximadamente que duró la operación por mi mente pasaron preguntas como éstas:

Aunque la doctora nos dijo que salvo complicaciones no haría falta sangre ¿si fuese necesaria y dado que no había al parecer tiempo para pensar en mudarse a otro hospital que haríamos? No podía entender que la santidad de la sangre llevara consigo en tener que sacrificar una vida humana. ¿Cómo puede ser más importante el símbolo de la vida que la vida misma?

¿No podía haber otra interpretación más humana? ¿Era realmente el punto de vista de Dios o el punto de vista humano que puede cambiar con el tiempo?

Afortunadamente no se nos puso entre la espada y la pared. No nos ocurrió al igual que a otro hermano que trabajaba de celador en el hospital. Le ocurrió que tuvo que ingresar a su mujer en el mismo hospital. La mujer estaba perdiendo demasiada sangre. Fue avisado el médico de urgencia, pero se retrasó negligentemente y se hizo necesaria la transfusión.

No había tiempo para trasladarla a otro centro hospitalario. Estaba realmente en una tesitura angustiosa. Decidió autorizar la transfusión. Entonces los hermanos que le acompañaban lo dejaron sólo con su niño pequeño ya que había transigido. La esposa se salvó pero fueron tan malos los momentos que pasó que llegó a perder toda la dentadura. Posteriormente fue restaurado en la congregación.

Retomando el tema decía que no se nos puso entre la espada y la pared porque la doctora nos comunicó la operación salió bien. Tenía en sus propias palabras una apendicitis más grande que ella y gangrenada por lo que un poco más de demora en operar hubiera sido muy peligroso.

Comprendí entonces que no concordaba plenamente con la Sociedad en cuanto al tema de la sangre y que debía investigar más sobre el tema para encontrar una explicación más equilibrada y humana. Elizabeth se repuso después de unos días en el hospital. El trato recibido por la doctora fue excelente. Agradeció mucho un obsequio que le llevó Elizabeth unos días después de recibir el alta. Todo en esta ocasión terminó felizmente pero para mí la experiencia también sirvió para hacerme dudar y por consiguiente aflojar el paso en la congregación.

Dos o tres años después nos mudamos a vivir al Puerto de Santa María. Ví en televisión un programa (Línea 900) acerca de los Testigos y me impresionó la entrevista a Raymond Franz. Me conecté a Internet. Allí había mucha información en inglés. Me enteré que R. Franz tenía publicado el libro "Crisis de conciencia". Ansioso de leerlo llamé a varias librerias evangélicas. Lo localicé en una libreria de Sevilla. En la primera oportunidad que tuve de ir a Sevilla fuí a comprarlo. Recuerdo que como llegaría 10 minutos después del cierre llamé por teléfono para que me esperaran en la tienda. La mujer amablemente me esperó y por fin pude conseguirlo. Esa misma noche empecé a devorarlo. Me gustó mucho el estilo del autor. En otras ocasiones había leido libros en contra de la Sociedad pero me habían desilusionado. Sólo sirvieron para afianzar mi confianza en la organización. Después escribí a un apartado de correos de Algeciras ya que se anunciaba en un periódico que ayudaban a Testigos o familiares. Me mandaron buena información. También contacté con algunos ex-testigos. Un folleto que me gustó bastante fue "La sangre, la vida; la Ley y el Amor" de Raymond Franz. También "De casa en casa".

He aprendido que no todos los que dejan la organización se envuelven en conducta anticristiana. Afortunadamente encontramos personas que desean que Cristo influya en sus vidas y aprecian las Sagradas Escrituras. ¿Cómo podemos negarle el saludo a estas personas? No me parece bíblico el hacerlo sólo porque difieran en ciertas doctrinas con la Sociedad.

Ahora me encuentro mejor conmigo mismo. No tengo cargas de conciencia por no ir a la salida los domingos. Estoy en una fase de investigación que llevará tiempo. Mi esposa está bastante afectada por el comportamiento de algunos hermanos, nada amoroso. Yo me siento más afectado por el comportamiento del Cuerpo Gobernante. Me he sentido defraudado cuando leí la información en el libro "Crisis" acerca de sus formas de imponer sus normas que hay que obeceder, dado el riesgo de expulsión, aún cuando ellos mismo no están de acuerdo.

Y no quisiera concluir este relato sin dejar de recomendar a cualquiera que se encuentre en una situación similar a que lea e investigue mucha información seria y de calidad que hay sobre la organización y sobre temas bíblicos.

Fernando González Martín